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Amigos Solidarios |
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| Experiencias de Voluntariado |
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A continuación ofrecemos el texto de la conferencia pronunciada por Luis Rojas Marcos (Presidente de la Corporación Sanitaria y Hospitalaria de la Ciudad de Nueva York) el día 23 de abril de 2001 en Barcelona, con motivo de la jornada Voluntariado: una oportunidad para la participación. Este texto es el que aparece como prólogo del libro Ángeles Anónimos, donde se publica una relación de las actividades de voluntariado realizadas en los centros de mayores propios de la Fundación "la Caixa" o en convenio con las diferentes Comunidades Autónomas.
Hace unos años, en una de esas tardes oscuras de enero en la ciudad de Washington, la capital estadounidense, tuvo lugar un trágico accidente de aviación. Según los testigos del suceso, hacía un frío cortante y la niebla cubría el río Potomac. De repente, se oyó el intenso rugido de un avión volando muy bajo y con dificultad. Segundos más tarde, el reactor de Air Florida, con 185 pasajeros a bordo, se estrellaba contra un puente y se hundía en el río helado en medio de una cascada ensordecedora de agua, fragmentos de metal y cuerpos humanos.
Un helicóptero de salvamento llegó momentos después. La tripulación localizó a los cinco únicos supervivientes agarrados desesperadamente a la cola del avión que todavía flotaba, y les lanzó desde el aire un cable salvavidas. Arland Williams, un empleado de banco de 45 años, se hizo con el cabo. Pero antes de que los rescatadores pudieran alzarle, se lo pasó a una mujer y el helicóptero se la llevó. Cuando el aparato regresó, Arland volvió a cederle la maroma a otro pasajero. Por tercera y cuarta vez este hombre de apariencia corriente, algo calvo y de bigote canoso, alcanzó el cable salvador para entregárselo seguidamente a otro superviviente. Cuando el helicóptero retornó finalmente a por él, Arland Williams había desaparecido bajo las aguas.
Varios meses duraron las especulaciones y las polémicas sobre los posibles motivos secretos o neurosis extrañas que pudieron haber impulsado a este hombre ordinario a dar su vida por salvar a unos desconocidos.
La perplejidad que nos producen las acciones de estos ángeles anónimos brota de la noción dura y negativa de la naturaleza humana que tanto priva. Y es que en nuestra sociedad abundan los poetas, los adivinos, los académicos, los líderes religiosos, los comentaristas y los hombres y mujeres de la calle afligidos por un agridulce pesimismo contagioso. Son personas que casi siempre invocan la esencia maligna de nuestra especie, recurren al conocido axioma desconsolador «el hombre es un lobo para el hombre».
Quizá la creencia en la maldad innata de la humanidad, tan arraigada en nuestra cultura, sea la razón por la que los actos altruistas, frutos de la capacidad natural del ser humano de sacrificarnos por otros a costa del bien propio, siempre causen una mezcla de asombro y de incredulidad, especialmente si el benefactor es un extraño. Aunque admiramos la valentía que implican estos impulsos caritativos, nos chocan porque intuimos que van en contra del principio incontrovertible del egoísmo. Precisamente, cuanto más desprendidos son los gestos bondadosos, más antinaturales nos parecen, más dignos de sospecha. Este escepticismo probablemente explica los esfuerzos extraordinarios que tantos expertos del comportamiento humano hacen para descubrir intereses ocultos detrás de cualquier conducta generosa o abnegada.
Cada día, sin embargo, se acumulan más datos científicos que demuestran que la bondad está programada en nuestro equipaje genético, forma parte inseparable de nuestro instinto de conservación y alimenta el motor imparable de la evolución y mejora de la especie humana. Incluso las criaturas de dos años ya se turban ante el sufrimiento de personas cercanas y hacen intentos rudimentarios para consolarlas.
Es un hecho comprobado que las comunidades, tanto de animales como de personas, unidas por fuertes lazos de protección, de reciprocidad o de cuidados mutuos, no sólo aumentan las probabilidades de que sus genes estén representados en generaciones futuras, sino que prosperan más que los colectivos que están fragmentados por la codicia o el individualismo.
En realidad, los seres humanos somos herederos de un talante benevolente y compasivo que ha evolucionado a lo largo de milenios. Es comprensible que sean pocos los inclinados a distraerse con el largo y duro camino de la evolución a la hora de admirar la bondad humana. Después de todo, lo mismo ocurre cuando nos deslumbramos con un diamante. Casi nunca pensamos que esta piedra preciosa debe su belleza a millones de años de presión en la roca.
El auge del voluntariado en el mundo y la creciente popularidad de las actividades voluntarias promotoras del bienestar social, demuestran que cada día más hombres y mujeres perseguimos la convivencia y la felicidad a través del poder de la solidaridad.
(Ver continuación)
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