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Experiencies de Voluntariat
(Continuació)

A medida que se prolonga la duración de la vida, que la tecnología permite reducir el número de horas laborables y que aumenta la frecuencia de la jubilación anticipada, la calidad de nuestro tiempo libre se revaloriza y su impacto en nuestro bienestar se hace más significativo. Hoy tenemos más tiempo libre que nunca para gozar, para practicar nuestras aficiones y también para dedicarnos libremente a tareas solidarias. Las actividades voluntarias que elegimos no tienen que consistir en perseguir metas espectaculares. Algo que no debemos olvidar es que, a la larga, los pequeños gustos y alegrías nos mantienen más contentos que cualquier experiencia o logro impresionante que sólo nos da un impulso temporal. En palabras del poeta libanés Khalil Gibrán, «en el rocío de las cosas pequeñas, el corazón encuentra su alborada y se refresca».

El trabajo es el tercer escenario en el que bastante gente encuentra satisfacción. Es verdad que todavía sobran los empleos frustrantes, rutinarios y pesados, pero también abundan las ocupaciones relevantes y creativas que se convierten en una fuente gratificante de identidad personal y social. Igualmente, no pocos voluntarios encuentran sus funciones interesantes, significativas, estimulantes y sienten que añaden ilusión y propósito a sus vidas.

Las actividades voluntarias también nos dan la oportunidad de diversificar nuestras parcelas de felicidad. Está demostrado que una cierta compartimentación de las facetas gratificantes de nuestra vida nos protege. Las personas que desempeñan a gusto varios papeles diferentes por ejemplo, como padre, marido, aficionado a un arte, oficio o deporte o miembro voluntario de alguna entidad, se sienten menos angustiadas y sufren menos cuando surgen dificultades en un área concreta de su vida. La satisfacción que sentimos con la labor que hacemos apoyando voluntariamente un objetivo solidario amortigua el golpe de un fracaso en el trabajo o el miedo a la jubilación o la ruptura de una relación importante. Por tanto, una ocupación voluntaria puede jugar un papel muy positivo y alimentar el entusiasmo y la esperanza en una persona que está pasando por un mal momento en su vida. El dicho popular que nos advierte que no es bueno cargar todos los huevos en el mismo cesto es un consejo muy útil. Lo mismo que los inversores no invierten todo su capital en un sólo negocio, no debemos esperar alcanzar toda la felicidad en un solo terreno de nuestra existencia.

De todos los ingredientes del trabajo voluntario, el que más dicha nos aporta es el sentimiento de compartir nuestra vida con los demás. Pues a pesar de las amplias libertades, las múltiples alternativas y el ambiente acelerado y tecnológico que ofrece la vida actual, las relaciones con otras personas siguen siendo el medio primordial donde vivimos los momentos más felices. La buena convivencia, en cualquier contexto, duplica nuestra dosis de alegría y elimina la mitad de la tristeza.

En suma, una tarea voluntaria regular y gratificante nos ofrece los beneficios saludables de la actividad física, mental y social, fomenta en nosotros la autoestima, facilita la autonomía, induce el sentido de la propia competencia y de controlar razonablemente nuestra vida y nos recompensa con el placer de participar y el orgullo de contribuir al bienestar de nuestros semejantes y al funcionamiento o mejora de la sociedad. A su vez, las personas que se autovaloran y se consideran socialmente útiles o sienten que tienen un impacto positivo en la vida de otros disfrutan más de la vida, tienen menos probabilidades de abusar del alcohol o de las drogas, sufren menos de insomnio, son más independientes y persisten con más tesón cuando se enfrentan a tareas difíciles que quienes se infravaloran o se sienten insatisfechos o superfluos con su papel en la sociedad. Por consiguiente, voluntariar no sólo puede sumar años a la vida sino también vida a los años.

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