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| La
adaptación saludable a los cambios |
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Conferencia
Luis Rojas Marcos, psiquiatra y
profesor de la Universidad de Nueva York.
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Ideas para
el debate
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Claves para la adaptación saludable a los cambios:
- - Conocimiento de uno mismo
- - Esperanza y optimismo
- - Confianza en uno mismo
- - Entusiasmo y flexibilidad
Las personas de talante optimista y confiado, que
tienden a ver las cosas en su aspecto más favorable, se
adaptan mejor a los cambios que aquellas personas propensas a juzgar
las cosas por el lado desfavorable.
Las personas que tienen una disposición abierta y confiada
experimentan más alegrías y más situaciones
gratificantes que aquellas que tienen una tendencia a explicar los
sucesos de la vida desde un marco negativo, cerrado y desconfiado.
Las personas poseemos una gran fortaleza y resistencia para superar
los retos más duros y agotadores. Ante estos cambios
más penosos, necesitamos sentir ilusión y todos
requerimos promesas de alivio, de descanso y de curación.
El significado que le damos al dolor no es igual en todas las
personas. El grado de sufrimiento que resulta insoportable para
algunos, puede ser tolerable para otros.
- El nivel de tolerancia al estrés y a la
frustración depende de las siguientes
características:
- - Temperamento individual
- - Apoyo social
- - Capacidad de adaptación
- - Propósito que cada uno asigna a su vida
Arriba
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La
mayoría de las personas superamos los traumas con el tiempo.
La capacidad natural de adaptación hace que el placer
o el dolor (que nos produce un cambio repentino, positivo o
negativo), por intenso que sea, disminuya con el paso del tiempo.
- Para adaptarse saludablemente a los cambios relacionados con
el envejecimiento hay que:
- - Adaptarse poco a poco a una perspectiva diferente del
tiempo.
- - Aceptar la inalterabilidad de la vida ya vivida.
- - Reconciliarse con los conflictos que no se resolvieron y
con errores que no se rectificaron.
- - Mantener relaciones estimulantes con otros mayores y
pequeños: participar en la vida de los seres queridos.
- - Adoptar un estilo de vida razonablemente independiente y
activo.
Las personas mayores que conservan activos el cuerpo y la mente, que se
esfuerzan por aprender cosas nuevas y que se comunican, experimentan
una vejez más gratificante.
Arriba
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Conferencia
Como la trayectoria tortuosa e impredecible que sigue la hoja al caer del
árbol, nuestro viaje por el mundo está salpicado de
acontecimientos afortunados que nos alegran y de sucesos penosos que nos
conmueven.
El estudio de los efectos de los cambios en los seres humanos nos
sitúa, por un lado, frente a nuestra fragilidad ante ciertos
avatares de la vida. Por otro lado, sin embargo, nos muestra cómo
la mayoría de los hombres y las mujeres, mayores y pequeños, se
adaptan saludablemente a las vicisitudes que se cruzan en su camino.
Quizá no pueda ser de otra forma. No es fácil concebir la
supervivencia de una especie tan inteligente y tan habilidosa como la
nuestra, sin que la mayor parte de sus miembros supere las adversidades y
sienta que vivir merece la pena.
Se me ocurre que, antes de entrar de lleno en el tema de esta
conferencia, quizá deberíamos brindar por nuestros
antepasados que vivieron hace muchos milenios. Pues la verdad es que
gracias a su entusiasmo, a su esperanza, a su tenacidad, a su ingenio y
al impresionante desarrollo que impulsaron, podemos decir que nunca hemos
vivido tanto ni tan saludablemente como ahora. Además, nadie mejor
que ellos personifica el lema de este programa de salud "La vida es
cambio. El cambio es vida."
Imagino que, en el momento en que los hombres y las mujeres de un ayer
tan lejano adquirieron conciencia de sí mismos y de su entorno, se
les iluminó la cara con una enorme sonrisa y saltaron de
alegría. El motivo de su incontenible júbilo fue que
intuyeron que les había tocado la gran suerte de vivir en un mundo
fértil y hospitalario, en el que no sólo podrían
alimentarse y subsistir, sino además poner en práctica sus
talentos naturales y disfrutar, junto con sus seres queridos, de todo lo
bueno que la tierra les ofrecía.
En muchos sentidos, la existencia de nuestros ascendientes antediluvianos
no era nada fácil. Tenían que resguardarse constantemente
de las fuerzas implacables de la naturaleza y de las embestidas de las
fieras hambrientas que les acechaban. Pese a esas dificultades, estoy
seguro de que mantenían una admirable inclinación al
optimismo, a ver las cosas considerando sus aspectos más positivos
y gozaban de un talante esperanzador. La razón es que estos rasgos
formaban parte de su instinto de conservación, de su equipaje
genético y eran transmitidos de generación a
generación.
Y es que, gracias a la inexorable fuerza de selección natural,
encargada de favorecer las cualidades físicas y mentales
útiles para la conservación de la especie y de descartar
las inservibles, nuestros ancestros disponían de unas cuerdas
vocales melódicas, de un cuerpo ágil, de robustas
mandíbulas dentudas y de manos habilidosas y potentes. Pero
además contaban con una actitud optimista hacia sí mismos y
sus circunstancias, que les protegía y les ayudaba a luchar sin
desmoralizarse contra las agresiones del medio ambiente.
La disposición positiva también les motivaba a hacer
realidad sus ilusiones. Por eso, en lugar de contentarse con vivir en
cuevas y aguardar pasivamente los efectos del lento proceso evolutivo
natural, nuestros inconformistas e ingeniosos predecesores decidieron
acelerar el progreso de la humanidad. Beneficios precoces de su
resolución incluyen la agricultura y la domesticación de
animales, la construcción de las primeras ciudades, el
descubrimiento de la escritura y el auge de las ideas, las ciencias y las
artes, que componen lo que llamamos civilización.
Con el tiempo, no tardaron en surgir cientos de sabios que cultivaron las
raíces de la razón y del conocimiento, y descifraron las
leyes del Universo. Simultáneamente, un ejército de
geniales inventores se encargó de aplicar las teorías
científicas a la práctica. Entre los frutos prodigiosos de
su trabajo creativo, se encuentran las vacunas, los antibióticos y
demás remedios milagrosos contra epidemias y enfermedades
mortíferas, y una lista interminable de aparatos asombrosos, como
la imprenta, la luz eléctrica, el motor de explosión, el
teléfono, la lavadora, la televisión o Internet. Todos
estos avances no sólo sumaron años a la vida del género
humano, sino que además añadieron bienestar a los años.
Resulta curioso, sin embargo, que la mayoría de la gente casi
nunca reflexione sobre el increíble progreso que ha experimentado
nuestra calidad de vida a lo largo de los siglos. De hecho, la idea del
poeta de que cualquier tiempo pasado fue mejor, es muy popular. Parece
que casi siempre idealizamos el ayer y reivindicamos el "honor" de vivir
en los momentos más desafortunados de nuestra historia.
Es obvio que todavía hay pueblos que viven subyugados por las
enfermedades, la pobreza, la violencia y las injusticias sociales. Pero
no es menos evidente que, hasta hace poco, la muerte merodeaba por todos
los hogares del planeta mucho más de lo que hoy rondan la
depresión, el cáncer, el divorcio y el desempleo juntos. En
mi opinión, no hay nada más responsable de la
glorificación y la añoranza del pasado que una mala memoria. Por
eso, recomiendo hacer una breve reflexión histórica de vez
en cuando.
Hecho este brindis de agradecimiento a nuestros antepasados, que con sus
esfuerzos y creatividad nos han librado de muchas tormentas y nos han
abierto el camino para buscar la felicidad, pasemos a analizar la
adaptación de las personas a los cambios.
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Nuestros
cambios
Los seres humanos reaccionamos constantemente a las exigencias de nuestro
cuerpo y de nuestro entorno. El calor nos hace sudar y el frío
tiritar, los embotellamientos de tráfico nos exasperan, los agobios
de dinero nos desvelan, los rechazos sentimentales nos entristecen y las
enfermedades nos intimidan. También es verdad que existen sucesos
estresantes que nos hacen vulnerables a las depresiones, a las
enfermedades del corazón, a las infecciones y a los trastornos
digestivos. Pero la gran mayoría de los cambios de la vida nos
afectan temporalmente. No pocas noches nos vamos preocupados a la cama y
nos despertamos alegres al día siguiente.
Tenemos una enorme aptitud para ajustarnos a las circunstancias más
inesperadas y recuperarnos de las coyunturas más extremas. Por
ejemplo, numerosos estudios sobre los efectos de los diarios bombardeos en
Londres por aviones alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, demuestran
que los londinenses se organizaban el día a día,
mantenían la calma, iban a trabajar e incluso se permitían
el buen humor contando chistes durante sus noches en los refugios.
La gama de cambios que nos pueden afectar física y mentalmente es
muy diversa. Unos cambios son esperados, como la boda de un hijo que desde
hace años mantiene una relación estable de pareja, la mudanza que
hemos planeado durante meses, o la muerte de un pariente de 90 años que
lleva en coma seis meses a causa de una dolencia terminal. También
hay cambios inesperados o imprevistos, como descubrir que la pareja nos
engaña, un accidente de coche, o que se nos queme la casa en un incendio.
Los cambios repentinos nos cogen totalmente de sorpresa, como un ataque de
corazón, un terremoto o la muerte súbita de alguien cercano.
Por el contrario, los cambios progresivos evolucionan lentamente, como el
envejecimiento natural o el despido de un trabajo en el que
llevábamos mucho tiempo teniendo enfrentamientos serios con la
jefa. Unos cambios son transitorios o pasajeros, por ejemplo, una fractura
de un brazo a consecuencia de una caída, el embarazo, un enfado
familiar sin gran importancia, o cuando nuestro equipo favorito pierde un
partido. Otros sucesos tienen consecuencias permanentes, como la
jubilación, la diabetes o el divorcio. Todos experimentamos
contratiempos triviales que no afectan a nuestra vida a largo plazo, como
una avería en el televisor que nos impide ver nuestro programa
favorito, o el día que se nos estropea una comida y tenemos
invitados en casa. Pero también vivimos cambios significativos, de
gran importancia, que alteran nuestro estilo de vida, como el nacimiento
de un hijo o la muerte de la pareja.
Finalmente, hay experiencias traumáticas, como cuando somos
víctimas de un grave desastre natural, de una guerra o sufrimos
malos tratos en el hogar. Estas desdichas pueden ser tan abrumadoras que
causen lo que en psiquiatría llamamos estrés
postraumático. Los síntomas más típicos de
este trastorno incluyen los sentimientos de indefensión y de
terror, el acoso de la mente por los recuerdos más estremecedores
del suceso, las pesadillas, la tensión nerviosa, la
depresión y las fobias. Los afligidos por un trauma reaccionan con
irritabilidad a provocaciones sin importancia, experimentan dificultad
para conciliar el sueño y viven durante mucho tiempo obsesionados con lo
que les ha ocurrido.
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Efectos de los
cambios
Debemos tener en cuenta que las desgracias no nos afectan a todos de la
misma forma. El grado de sufrimiento que resulta insoportable para unos,
puede ser tolerable para otros. Además, los efectos
psicológicos de una desventura también pueden ser diferentes
en una misma persona dependiendo de la edad, de sus circunstancias o de su
estado de ánimo.
Entre los sucesos que causan más dolor despunta el fallecimiento de
la pareja o de un hijo. Los adultos que pierden a su pareja se sienten,
primero, abatidos por la confusión y, después, abrumados por
el duelo. Muchos intentan desesperadamente ajustarse a una realidad para
la que no existe preparación. El recuerdo desconsolador se
transforma en un enorme agujero en el que buscan sin descanso a la persona
amada desaparecida que, precisamente por estar ausente, está
siempre presente. Cuando muere un hijo el impacto es especialmente
incomprensible y demoledor. Todos los padres que pierden un hijo tratan
inútilmente de encontrar el significado de lo ocurrido.
Con excepción de casos extremos, la duración de los efectos
de estas terribles pérdidas no pasa de dos años. Con todo, no
podemos negar que existen personas que quedan marcadas permanentemente y
hasta el final de sus días presentan un balance negativo de sus
vidas.
Las rupturas de relaciones de pareja importantes son procesos personales
duros y angustiantes que, a menudo, dañan la salud física y
socavan la estabilidad emocional de los protagonistas. Precisamente, los
expertos en salud pública utilizan el índice de divorcios
de un país para planificar ciertos servicios sanitarios, pues las
personas en trance de romper su matrimonio, comparadas con la
población general, sufren más depresión,
alcoholismo, hipertensión, infecciones y trastornos digestivos.
No obstante, la mayoría de las parejas que deciden romper porque
sus relaciones infelices son incurables, encuentra la luz al final del
túnel del divorcio. La ruptura, para esas parejas, se convierte en
la única medicina que les va a permitir, algún día,
disfrutar de una nueva relación dichosa. Casi todas las personas
que se divorcian, pronto sueñan con encontrar una nueva pareja. Muchas
-cuatro de cada cinco en Estados Unidos- contraen un nuevo matrimonio
antes de que hayan transcurrido tres años. En este sentido, la
separación supone un cambio, pero también continuidad, un
final y un principio, el derrumbamiento de ideales frustrados y el
manantial de nuevas ilusiones.
En cuanto a los cambios relacionados con la salud, resulta curioso que
las enfermedades nos turban más de lo que nos alegra la buena
salud. Un cuerpo y una mente saludables no son una garantía de
felicidad, pero sí nos ayudan a buscarla. La verdad es que siempre
han existido personas excepcionales muy sufridas, que ven en el tormento
de la enfermedad el peaje de la fortaleza espiritual. Mas lo normal es
que el dolor, la incapacidad, la angustia o la dependencia, tanto si
somos nosotros los afectados como si se trata de seres queridos, absorban
nuestra energía y agoten nuestro entusiasmo para perseguir la
dicha.
Los seres humanos poseemos una increíble fortaleza para superar
las dolencias más debilitantes. Es de sobra conocida la tendencia
de muchos enfermos a aceptar sus limitaciones y a basar su nivel de
felicidad en las posibilidades de disfrutar el presente y no en lo que
podía haber sido y no es. De hecho, el bienestar subjetivo de
enfermos crónicos de diabetes, hipertensión, artritis o
asma es muy parecido al de personas sanas. Y no son pocos los que,
después de perder facultades físicas y mentales, no
sólo recobran su nivel normal de contentamiento, sino que hasta
resurgen más maduros y equilibrados.
Parece increíble, pero la mayoría de las víctimas de
accidentes de automóvil que sufren una lesión de la
médula espinal paralizante e irreversible, dos años más
tarde han recuperado el nivel de satisfacción con la vida que
tenían antes del siniestro. Un estudio reciente informaba sobre el
grado de dicha de un grupo de sesenta niños y niñas que, siendo menores
de 14 años, sobrevivieron a quemaduras masivas del 70 por 100 de su
cuerpo, y presentaban deformaciones y limitaciones físicas
imposibles de corregir. El grado de felicidad que sentían esos
pequeños era, dos años después de su accidente, muy similar al de
otro grupo de criaturas sin problemas físicos.
Como inciso recordaré que la tendencia a volver a nuestro nivel
normal de satisfacción con la vida también se manifiesta
después de un cambio positivo. Por ejemplo, los estudios sobre los
afortunados que ganan millones en la lotería o las quinielas
demuestran que, excepto en el caso de personas muy pobres, la
mayoría de los ganadores no se siente más feliz un año
después del golpe de buena suerte.
En cuanto a cambios en el trabajo, está demostrado que la
pérdida inesperada del empleo supone casi siempre un golpe duro
para las personas. El despido suele ser interpretado, por los afectados y
la sociedad, como un fracaso. Además del impacto negativo que
pueda tener en la seguridad económica de la persona y su familia,
el cese involuntario daña la autoestima, la confianza y el sentido de
control sobre la propia vida.
La jubilación forzosa constituye una causa de ansiedad y
desánimo para aquellos a quienes un empleo representó la
fuente principal de gratificación personal y de reconocimiento
social durante la mayor parte de sus vidas. Muchos ven la
jubilación como el retiro forzoso de la vida. Por eso es tan
importante que la sociedad ofrezca alternativas a las personas jubiladas,
para que quienes lo deseen tengan la oportunidad de participar en
proyectos, ampliar su formación, potenciar sus habilidades y
contribuir a causas relevantes.
Un cambio progresivo inevitable es el envejecimiento. Es cierto que el
envejecimiento del cuerpo y de los sentidos disminuye poco a poco nuestra
libertad de acción, mientras que los órganos internos nos
llaman la atención con sus averías, y las limitaciones
económicas a menudo restringen la capacidad de tomar decisiones
libremente. Pero también es verdad que las connotaciones negativas
y los prejuicios sociales que hoy rodean a la vejez no ayudan a
adaptarnos a este cambio esperado y progresivo natural. No obstante, cada
día más personas mayores convierten el paso de los años en
una experiencia de participación, de sabiduría y de dicha.
No olvidemos que lo que de verdad nos perturba no son los cambios
relacionados con la edad, sino el significado que le damos al paso de los
años.
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Ingredientes
de la capacidad de adaptación
Los seres humanos nacemos y nos hacemos. Nuestra capacidad de
adaptación tiene tres tipos de ingredientes. Unos son
genéticos, otros forman parte de nuestra personalidad y el
tercer grupo lo forman las estrategias que podemos aprender.
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I. Los genes
El componente genético de nuestra capacidad de adaptación se
refleja en la constitución que traemos al mundo. Cualquiera que
haya observado el temperamento de recién nacidos, habrá
podido constatar que no hay dos bebés iguales. Unos son activos,
otros muy tranquilos, unos son cautelosos y otros muy expresivos. La
constitución de los pequeños depende de los genes que reciben de su
padre y de su madre -aunque las vicisitudes del embarazo también
pueden influir-. Por eso, los gemelos idénticos o univitelinos, que
portan exactamente los mismos genes, son tan parecidos. Se asemejan no
sólo en el físico, sino también en sus aficiones, en
la predisposición a ciertas enfermedades y en muchos aspectos de su
manera de ser. Su parecido es sorprendente aunque hayan crecido desde el
nacimiento separados en hogares diferentes.
De todas formas, se calcula que los factores genéticos controlan
sólo un 30 por 100 de la capacidad de adaptación de las
personas. Lo que quiere decir que la mayor parte depende de lo que nos
pasa después de nacer. En el fondo, nuestra verdadera herencia es
la propia capacidad para hacernos a nosotros mismos, no como esclavos de
un destino labrado en el ADN, sino como sus forjadores.
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II. La
personalidad
Nuestra capacidad de adaptación está relacionada con la gran
plasticidad o capacidad para transformarse que tiene el cerebro humano,
que a fin de cuentas es donde se cuecen nuestros pensamientos, nuestras
emociones, nuestras actitudes y nuestro carácter o personalidad.
Desde que nacemos hasta que maduramos, el tamaño del cerebro se
cuadriplica. Los genes dirigen el proceso de desarrollo del cerebro hasta
que venimos al mundo, pero, una vez nacidos, la influencia del medio
predomina en la formación de los circuitos y entramados de neuronas
que configuran nuestra materia gris.
La formación saludable de la personalidad requiere la
satisfacción de ciertas necesidades esenciales durante la infancia:
alimento, seguridad, calor humano y estímulo por parte de adultos
estables y afectuosos. Un entorno familiar protector, cariñoso y
estimulante, nutre muchos de los ingredientes que nos van a ayudar a
superar las vicisitudes de la vida, incluyendo la confianza, la
autoestima, el optimismo, la sensación de control del entorno y el
sentido de pertenencia a un grupo. Por el contrario, bajo condiciones
perjudiciales de abandono, inseguridad, privación y carencia de
afecto, las criaturas tienden a adoptar un talante desconfiado,
dubitativo, pesimista y temeroso, que les va a dificultar la
adaptación. No cabe duda de que, desde el momento de nacer, los
estímulos saludables y nocivos del ambiente y los cambios, moldean
nuestras vidas.
A continuación describiré los ingredientes de la
personalidad o manera de ser que favorecen la capacidad de
adaptación a los cambios y nos protegen de los efectos
perjudiciales de los infortunios.
Autoestima. Tener una buena opinión de uno mismo es un
elemento muy importante. La autoestima más beneficiosa es la que
está basada en la aceptación genuina de nuestras
capacidades y limitaciones, en el goce de logros legítimos, en
la ilusión enfocada hacia objetivos distantes pero alcanzables.
Una plegaria antigua describe muy bien este don como "la gracia
para aceptar con serenidad las cosas que no podemos cambiar, el valor
para cambiar las cosas que podemos cambiar y la sabiduría para
distinguir las unas de las otras".
Control sobre nuestra vida. Otro ingrediente esencial de nuestra
manera de ser, que nos ayuda a superar las adversidades, es la
sensación de que controlamos nuestra vida. Cuando pensamos que
dirigimos nuestro destino, mandamos sobre nuestras decisiones y nuestro
tiempo, o elegimos los derroteros que van a marcar nuestro paso por el
mundo, nos sentimos más confiados y esperanzados a la hora de
adaptarnos a un cambio o superar un infortunio. Las personas que se
sienten más en control suelen hacer frente a la vida con
ilusión y confianza, están inclinadas a decir
"¡sí!" a los nuevos retos que se les presentan y viven
un mayor número de situaciones gratificantes, que las personas
que no sienten que controlan sus destinos.
Talante comunicativo. Una personalidad sociable y extrovertida
también nos protege de los efectos perniciosos de algunos
cambios. El motivo es que, cuando nos sentimos atemorizados ante una
adversidad, nos ayuda conectarnos con otras personas y recibir apoyo
emocional.
Disposición optimista. El optimismo modela positivamente
nuestras percepciones y explicaciones. Los hombres y las mujeres de
talante optimista, en general se adaptan mejor a los cambios que los
propensos a juzgar las cosas por el lado desfavorable.
El viejo proverbio dice que "nada es verdad ni mentira, todo es
según el color del cristal con que se mira". Las perspectivas
optimista y pesimista se suelen contrastar con la prueba de la botella de
agua. Esta prueba consiste en mostrar una botella llena de agua hasta la
mitad a personas sedientas. Mientras que las optimistas se alegran al ver
la botella medio llena, las pesimistas se inquietan porque ven la botella
medio vacía. Optimistas y pesimistas ven la misma botella, pero
interpretan lo que ven de formas muy diferentes.
Los individuos que utilizan el estilo optimista para explicar las cosas,
cuando son golpeados por alguna adversidad, tienden a pensar que se trata
de un inconveniente pasajero, que su impacto afecta a una faceta concreta
y limitada de su vida, y que no es culpa de ellos sino una consecuencia
de las circunstancias o de la mala suerte. Por el contrario, ante las
situaciones dichosas, los optimistas son propensos a creer que la buena
fortuna perdura, que sus efectos beneficiosos se extienden a todas las
facetas de su vida y que la causa de su buenaventura radica en ellos
mismos.
Los pesimistas explican las cosas de la forma opuesta. Tienden a
considerar los infortunios como hechos permanentes, piensan que su
impacto es general y que la culpa es primordialmente suya. Ante las
buenas noticias, sin embargo, tienden a considerarlas pasajeras,
excepciones o fruto de las circunstancias y piensan que ellos no han
contribuido a producirlas.
Por ejemplo, examinemos la forma como María explica una
discusión que tuvo con Juan, su marido, después de que
él llegara malhumorado a casa del trabajo: "algo le ha debido
de ocurrir a Juan en la oficina para que esté hoy de tan mal
humor". Esta explicación es optimista, porque limita el
problema a una circunstancia concreta. Por el contrario, las
explicaciones pesimistas tienden a generalizar: "Juan es persona de
mal carácter y nunca va a cambiar".
Cuanto más optimista es la persona, más utiliza
explicaciones que limitan o encapsulan el impacto de las desgracias, de
forma que no interfieran con otras parcelas de sus vidas. Por ejemplo,
después de escuchar esta conferencia y no haberle gustado, el
asistente optimista limita su conclusión a "esta charla del
doctor Rojas Marcos ha sido aburrida", mientras que el asistente
pesimista generaliza su explicación y concluye: "las
conferencias no sirven para nada".
La explicación optimista también se caracteriza por no
sobrecargar de responsabilidad o de culpa a la persona. Por ejemplo, el
joven universitario que se explica el suspenso en un examen pensando
"verdaderamente no estudié lo suficiente en las
últimas semanas", es más optimista que el que
interpreta su fracaso escolar diciéndose "soy incapaz, no
sirvo para nada, nunca llegaré a ningún sitio".
Ante los hechos afortunados, la explicación optimista tiende a
generalizar y la pesimista, a limitar sus causas y efectos. Por ejemplo,
después de ser informado por el jefe de que va a recibir un
aumento de sueldo por su buen trabajo, el empleado optimista se dice:
"no me extraña la decisión, pues soy una persona muy
competente y creativa". Por el contrario, la reflexión del
empleado pesimista es: "no sé lo que habrá visto en
mí, pero en esta ocasión he tenido buena suerte".
Igualmente, es más optimista el enamorado correspondido que opina
"comprendo que esté prendada de mí, soy atractivo,
romántico, listo y tengo mucho que ofrecer", que quien se
explica su dicha amorosa como "menudo golpe de suerte, espero que
tarde lo más posible en conocerme de verdad".
Visión esperanzadora del futuro. Muchos hombres y mujeres
que soportan enormes privaciones y sufrimientos se mantienen animados
gracias a la confianza en que se hará realidad lo que desean. La
perspectiva esperanzada del futuro modera nuestras ansiedades,
amortigua nuestros desengaños y hace más llevaderas las cargas
que nos impone la vida. De hecho, la esperanza es el remedio más
eficaz para aliviar los efectos de los cambios más debilitantes
y penosos. Me imagino que, por eso, según el mito, la esperanza
surgió de la caja de Pandora junto con los males que Zeus
había guardado en ella para castigar a los mortales por los
conocimientos que Prometeo les había dado.
Por una parte, la esperanza configura una perspectiva positiva del futuro
en general, que nos ayuda a mantenernos seguros y confiados. Por otra
parte, la esperanza se refleja en las ilusiones que las personas albergan
cuando se plantean conseguir superar obstáculos concretos, desde
dificultades económicas hasta mejorar una relación que no
va bien. En este sentido, la esperanza nos motiva a concentrar nuestros
esfuerzos y a hacer planes concretos para alcanzar las metas que nos
fijamos.
Valoración positiva del pasado. La conciencia de
quiénes somos, de nuestra autobiografía, se forma, en su
mayor parte, de recuerdos. Las reminiscencias del ayer modelan nuestra
definición de quienes somos hoy. Muchas personas tienden a
guardar y a evocar preferentemente los buenos recuerdos, los
éxitos del pasado, las relaciones enriquecedoras, las
experiencias gratificantes. Estas memorias, a su vez, favorecen su
confianza en el presente y en el futuro. Una valoración
positiva de los desafíos pasados estimula la voluntad que nos
empuja a conseguir objetivos que deseamos, y fomenta pensamientos
alentadores como "yo puedo", "lo intentaré",
"estoy preparado para hacerlo" o "tengo todo lo que
necesito para lograrlo".
La valoración positiva del pasado aporta un beneficio especial a
las personas mayores, para quienes el futuro se contrae y el pasado se
revaloriza. Con el transcurrir de los años, es importante poder repasar
con benevolencia el ayer, aceptar la inalterabilidad de la vida ya vivida
y reconciliarse con los conflictos que no se resolvieron o los errores
que no se rectificaron.
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III. Lo que
podemos aprender
Aprender a mejorar nuestra aptitud para superar con éxito las
adversidades, es posible gracias a la educabilidad o maleabilidad natural
que poseemos los seres humanos. Esta cualidad nos permite fomentar
emociones, actitudes y conductas, así como aplicar fórmulas
que nos faciliten la adaptación saludable a los cambios. Como dice
el refrán, "más vale la práctica que la
gramática". A continuación menciono las estrategias que
he encontrado de mayor utilidad.
Conocernos a nosotros mismos. Resulta obvio que, cuanto mejor
nos conocemos, más fácil nos resulta identificar
correctamente los cambios que nos impactan y que nos plantean mayor
dificultad a la hora de superarlos. El conocimiento de quiénes
somos, de nuestras virtudes y limitaciones, también nos ayuda a
reconocer los rasgos de nuestra personalidad que nos conviene cultivar
para mejorar nuestra capacidad de adaptación. Además, el
conocimiento personal nos ayuda a aprender de las experiencias pasadas
y a adquirir una visión razonable de nuestras posibilidades.
Estar informados. Tanto si se trata de una enfermedad como de un
desastre natural, lo que nos imaginamos casi siempre es peor que la
realidad. Enterarnos de qué es lo que nos está pasando y
cuál es la mejor forma de responder a la situación, puede
resultarnos doloroso, pero nos ayuda a mantener los pies sobre la
tierra. Por ejemplo, en mi experiencia, el peor enemigo de muchos
enfermos graves no es tanto la amenaza de muerte como sus temores
imaginarios, y el silencio y disimulo de las personas que les rodean.
La información equilibrada que separa los hechos de las
especulaciones es la más beneficiosa. Paralelamente, la
comunicación franca y esperanzadora del médico evoca
seguridad, aliento y cooperación con el tratamiento en el
paciente.
En general, los peores sufrimientos se hacen más llevaderos si
contamos con la perspectiva que da conocer sus causas y sus efectos, y con
el consuelo que suscita compartir nuestra situación con seres
queridos. También nos alivia saber que, a menudo, cuando nos
sentimos abrumados por una adversidad, nuestras emociones, aunque nos
parezcan aberrantes, no son más que la reacción normal ante
una situación anormal.
Formular una explicación optimista. Estar bien informados
no quiere decir enfocar los inconvenientes de los cambios, sino todo lo
contrario. Como ya he descrito al hablar del optimismo, nuestro estilo
de explicar las cosas que nos suceden influye sobre nuestro estado de
ánimo y nuestra habilidad para adaptarnos a las nuevas
circunstancias. Todos podemos aprender a interpretar los avatares de la
vida sin exagerar o generalizar sus causas y efectos, y sin llegar a
conclusiones globales que no nos dejen ninguna salida. Y no olvidemos
que la máxima optimista más antigua es el hecho
comprobado de que, ante las adversidades, casi siempre podemos concluir
con aquello de "no hay mal que por bien no venga".
Comparar la nuestra situación a la baja. Otra estrategia
que nos ayuda a superar adversidades es la comparación. Cuando
nos sentimos amenazados o agredidos, es bueno compararnos con personas
o situaciones que están en peores condiciones que nosotros.
Después de un desastre natural, muchos damnificados se sienten
afortunados si se comparan con otros que han sufrido daños mayores.
Expresiones como "podía haber sido mucho peor" o
"por lo menos no soy el único" nos ayudan a soportar
la angustia que producen los accidentes inesperados.
Hablar y buscar apoyo. Gracias al lenguaje ningún ser
humano es una isla. A través del habla podemos compartir
ilusiones y liberarnos de los temores y angustias que perturban nuestro
equilibrio emocional. Conversar sobre lo que nos ocurre y expresar lo
que sentimos en un ambiente comprensivo y seguro, pese a que remueva
los recuerdos desagradables y produzca ansiedad y tristeza, permite que
un cambio doloroso pueda incorporarse al resto de nuestra
biografía. Por estas razones, es aconsejable, cuando nos
sintamos preparados, compartir la experiencia con nuestros seres
queridos y personas de nuestra confianza. Narrar verbalmente o por
escrito lo que nos pasa y lo que sentimos, es una forma saludable de
organizar los pensamientos, de quitarles intensidad emocional y de
aplacar la tensión nerviosa y el propio miedo.
Alimentar la esperanza. Se dice que la esperanza es el pan del
alma. Ante los cambios más penosos, todos necesitamos promesas
de alivio. Unas veces estas ofertas de consuelo provienen de nuestros
seres queridos; otras, de compasivos expertos del dolor que nos aqueja;
pero no pocas veces, la esperanza procede de la esfera espiritual de
nuestro mundo interior, de nuestras voces internas.
Las creencias religiosas ayudan a mucha gente a tolerar mejor los cambios
permanentes, como la muerte de un ser querido. A menudo, la
religión conecta a la persona a una comunidad comprensiva y
benevolente, fomenta la aceptación de los contratiempos, ofrece un
foco de luz más allá de uno mismo y presenta una perspectiva
más aceptable de las tragedias de la existencia. No obstante,
nuestra espiritualidad no tiene necesariamente que incluir dogmas
religiosos, ni siquiera los conceptos de alma inmortal o de otra vida. La
espiritualidad es un sentimiento gratificador de conexión emocional
profunda y sosegada con algo que se encuentra fuera de nosotros. Este algo
puede también pertenecer al mundo de lo humano, puede ser una
causa, como la solidaridad, la paz o la bondad, o puede ser el resultado
de una sintonización especial con la naturaleza o incluso con el
mismo universo. No pocos que sufren grandes desgracias se animan al
extraer esperanza de la brisa del mar, del aroma del bosque o de la
inmensidad de la montaña.
Restaurar la rutina diaria, los pequeños placeres y el humor.
Una fórmula que nos ayuda a adaptarnos a los cambios importantes
es continuar con nuestros hábitos y costumbres dentro de lo
posible. Los placeres sencillos también nos protegen de la
ansiedad que provocan las contrariedades. Por ejemplo, reunirnos con
amigos, cocinar, dar un paseo por el parque, salir de compras -aunque
no compremos nada-, arreglar cosas de la casa, cuidar del
jardín, leer un libro o escuchar una música grata. En
palabras del poeta libanés Khalil Gibran, "en el
rocío de las cosas pequeñas, el corazón encuentra su
alborada y se refresca". Por otra parte, todas las experiencias
placenteras, por intensas que sean, casi siempre son fugaces. Por eso,
como dice el psicólogo David Myers, "si disfrutamos
subiendo, la satisfacción durará más si vamos por
las escaleras que si usamos el ascensor".
Y no olvidemos el poder protector del sentido del humor. Su función
primordial es aliviarnos la tensión emocional y descargar la
inseguridad. Incluso el humor negro es saludable. Actúa de purgante
psicológico que nos libera de obsesiones destructivas. La gran
virtud del humor es que nos alegra la vida y, posiblemente, también
la prolonga.
Salir y hacer ejercicio. Salir de casa y hacer ejercicio a poder
ser con otras personas, disminuye el estrés y nos revitaliza. La
evidencia de los beneficios de la actividad física cuando nos
enfrentamos a los cambios es tan convincente que, en mi opinión,
todos deberíamos apuntarnos al "movimiento del
movimiento". Tan sólo veinte minutos de actividad moderada
a lo largo del día, son suficientes.
Mantener activa la mente y la sociabilidad. Para mantenernos en
forma es importante ejercitar diariamente las facultades del alma: la
memoria, el entendimiento y la voluntad, así como nuestra
capacidad para relacionarnos con los demás. Una receta que
recomiendo es la de Simone de Beauvoir: "fijarnos metas que den
significado a nuestra existencia, dedicarnos a personas, grupos o
causas; sumergirnos en el trabajo social, político, intelectual
o artístico, participar en la vida de los demás a
través del amor, de la amistad o de la compasión".
Aprovechar los recursos de la ciencia. Finalmente, no debemos
olvidar los beneficios del progreso y aprovecharnos de los recursos que
nos ofrece la ciencia para facilitar nuestra adaptación a los
cambios y superar momentos de dificultad. La gran mayoría de los
avances tecnológicos, desde el teléfono hasta Internet,
pasando por el automóvil, la televisión, el lavaplatos o
el aire acondicionado, hacen nuestra existencia más llevadera,
facilitan el bienestar y amplían nuestras opciones para
experimentar momentos dichosos.
Hoy también tenemos a nuestro alcance la medicina de la
calidad de vida. Se trata de una medicina que ha cruzado la
frontera de las enfermedades para ayudarnos a hacer más
llevadera nuestra ineludible caducidad. Contamos con técnicas
cosméticas y remedios eficaces que retrasan las arrugas de la
cara, estimulan una visión más alegre del mundo a los
melancólicos, inducen el sueño a los desvelados, alivian la
timidez, devuelven a los calvos el cabello y restauran el vigor sexual
a muchos hombres impotentes. Es verdad que estos frutos de la ciencia
no nos dan la felicidad, pero sí pueden facilitarnos el camino
para buscarla.
Voluntariar. Las labores voluntarias son un medio para
mantenernos activos física y mentalmente, y para convivir y
disfrutar de relaciones afectuosas. Y está demostrado que la
buena convivencia constituye un antídoto eficaz contra los
efectos nocivos de muchas calamidades. Las personas que se sienten
parte de un grupo solidario -bien sea una pareja, la familia, las
amistades o una organización cuyos miembros se identifican y
apoyan mutuamente- expresan un nivel de satisfacción con la vida
más alto y superan las adversidades mucho mejor que quienes se
encuentran aislados o carecen de una red social de soporte emocional.
Prestarnos desinteresadamente a ayudar a los demás estimula en
nosotros la autoestima, induce el sentido de la propia competencia y nos
recompensa con el placer de contribuir a la dicha de nuestros semejantes.
Las personas que se consideran socialmente útiles o sienten que
tienen un impacto positivo en la vida de otros, sufren menos de ansiedad,
duermen mejor, abusan menos del alcohol o las drogas y persisten con
más tesón ante los reveses cotidianos, que quienes se
sienten inútiles o ineficaces.
Diversificar las parcelas de felicidad. Diversificar y
compartimentar las parcelas de las que extraemos nuestra felicidad nos
protege de los efectos de los cambios negativos. Por ejemplo, la
satisfacción que sentimos con la labor que hacemos en el hogar
familiar, amortigua el golpe de un fracaso en el trabajo. La ruptura de
una relación importante es menos devastadora si la persona
siente que tiene buenos amigos. Una ocupación gratificante
puede tener una influencia muy positiva y alimentar la autoestima en
una mujer que está en proceso de divorciarse. En mi
opinión, lo mismo que los inversores no colocan todo su capital
en un sólo negocio, no debemos esperar alcanzar toda la
felicidad siguiendo un solo camino.
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Conclusión
Desde los orígenes de la humanidad, los hombres y las mujeres
hemos buscado sin descanso la felicidad. Aprender a vivir contentos y a
sacarle a la vida lo mejor que ofrece es, con seguridad, una
inversión rentable. Lo bueno es que todos podemos fomentar los
rasgos positivos de la personalidad y aprender hábitos eficaces
que nos ayuden a superar saludablemente las adversidades de la vida. No
obstante, esta tarea exige esfuerzo y tenacidad. Requiere conocimiento
de nosotros mismos, una dosis generosa de entusiasmo y flexibilidad,
así como la aplicación de estrategias optimistas y la
práctica cotidiana de nuestras facultades físicas,
mentales y sociales.
Para renovarnos y mantener la vitalidad no tenemos más remedio
que vivir con las alas del aprendizaje, de la laboriosidad y del
movimiento, pues todo en nuestro Universo está en constante
transformación. Como ya nos advirtió el filósofo
griego Heráclito hace unos 2.500 años, "no podemos pisar
dos veces en el mismo río, porque las aguas fluyen sin
cesar".
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Referencias
Beauvoir, Simone de: La vieillesse , París,
Éditions Gallimard, 1970. Trad.
espanyola: La vejez, Barcelona, EDHASA, 1989.
Gibran, Khalil: El profeta (1923), Madrid, Biblioteca Edaf,
1991.
Myers, David: The pursuit of happiness , Nova York, Avon
Books, 1992.
Rojas Marcos, Luis: Aprendre a viure , Barcelona,
Fundació "la Caixa",
1999.
Rojas Marcos, Luis: Nuestra felicidad , Madrid, Espasa
Calpe, 2000.
Rojas Marcos, Luis: Nuestra incierta vida normal , Madrid,
Aguilar, 2004.
Seligman, Martin: Learned optimism , Nova York, Random
House, 1991.
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