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Magda Català, doctora en filosofía.

Ideas para el debate
La evolución interna del ser humano y la salud
¿Quien soy yo y qual es el sentido de mi vida?
El proceso de dejar de ser
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Ideas para el debate
La evolución interna del ser humano y la salud

En nuestra sociedad, el progreso pasa por lo externo, pero nos hemos olvidado de la dimensión interna del ser humano, de la dimensión que podríamos llamar moral o de los valores que nos inspiran.

En cuanto a la salud, ocurre lo mismo. Tenemos una visión muy limitada de lo que es la salud, que se concentra exclusivamente en el cuerpo físico. Generalmente, estar sano es no tener un dolor o una enfermedad, pero este nivel es un nivel básico y primario.

Además del cuerpo físico están el cuerpo mental (el estado de nuestra mente: preocupados, obsesionados, resentidos...), el cuerpo emocional (nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos: deprimidos, ansiosos...) y el cuerpo espiritual (estado que integra, con armonía y bienestar, los diferentes niveles mentales y emocionales).

La manera en que vivimos las experiencias se refleja en el cuerpo espiritual, mental y emocional, causando un importante efecto sobre el cuerpo físico.

En nuestra sociedad, se nos enseña a vivir como si la muerte no existiera, como si la muerte fuera un enemigo. Pero los enemigos son el miedo y la ignorancia, ya que la muerte es la salida natural que a todos nos espera y lo que convierte la vida en una experiencia preciosa.

La maduración del ser humano es el crecimiento interno, la honestidad y el valor de darnos cuenta de que hemos vivido hasta cierto punto, consiguiendo ciertos logros; pero sobre todo afecta a lo que soy.

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¿Quién soy yo y qué sentido tiene mi vida?

Crecer interiormente requiere una deliberación, saber qué es posible y ponernos a ello. Requiere reconciliarse con aspectos de nosotros mismos, integrar todas las experiencias que hemos vivido y acumulado; supone aprender a envejecer, aprender a morir y recuperar el ser que somos. No es lo mismo llegar a ser "un viejo sabio que un pobre viejo".

En la sociedad en que vivimos, los ancianos no son casi respetados, porque no somos "viejos sabios", somos personas ancianas que hemos permanecido fijadas en actitudes infantiles, resentidas, temerosas y no somos un testimonio para los jóvenes de lo que es ser mayor.

El mayor necesita integrar los diferentes cuerpos para ver el nivel que tiene de salud, analizar el estado de conciencia que tiene, ya que tiene dentro una capacidad de bienestar, un testimonio de la vida del que se puede aprender.

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El proceso de dejar de ser

Para aprender el proceso de dejar de ser, hay que aprender a vivir muriendo. Estamos muriendo desde el momento en que venimos al mundo y es esencial aprender a soltar, en cada momento, lo que ya no somos.

Lo que ya no somos se refiere a un rol, a un papel, a un lugar que habíamos ocupado en la sociedad y precisamente la vejez es el momento en que la vida nos despoja casi inevitablemente de todo esos papeles que hemos desarrollado y nos enfrenta a la inactividad, al tiempo libre, al vacío, y podemos entrar en ansiedad, podemos defendernos rabiosamente, podemos colaborar ayudando a otros; pero podemos, también, ocuparnos de esa dimensión que se abriría naturalmente, porque, siempre, lo que perdemos, lo que muere, de alguna manera es un aspecto de nuestro ser.

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Conferencia

Vivimos, qué duda cabe, una época muy interesante, marcada por unos contrastes tremendos. Por un lado, el progreso científico y tecnológico es alucinante y todos nosotros gozamos, en alguna medida, de esos maravillosos avances. Por otro lado, vivimos en un mundo cada día mas peligroso y violento; el hombre sigue siendo un lobo para el hombre y, al parecer, no somos ni un poquito mejores. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que, con lo que tenemos, no sepamos ser un poco mas pacíficos y tolerantes los unos con los otros? Está claro que el progreso que hemos alcanzado hace aguas por alguna parte. Nos hemos ocupado, y mucho, del mundo externo, material, pero hemos ignorado la dimensión interior de nosotros mismos.

Tenemos un concepto de la vida muy pobre. Entendemos, por ejemplo, que tener salud consiste en no padecer ninguna enfermedad física. La salud física es, sin duda, una dimensión importante del estar sanos, pero podemos estar sanos físicamente y estar muy enfermos emocionalmente. Estar deprimidos, obsesionados, resentidos, padecer ansiedad o constante mal humor, son síntomas de una salud muy pobre, de mala salud emocional. Sabemos que las emociones negativas nos amargan la vida igual, o peor aún, que las enfermedades físicas. Las emociones enturbian la mente y, cuando nos sentimos mal, pensamos, lógicamente, muy mal. Pensamos mal de los otros, del mundo y de nosotros mismos; somos agresivos y poco tolerantes o, por el contrario, nos aislamos del mundo y nos conmiseramos de nosotros mismos. Los estados mentales afectan profundamente nuestra vida, son filtros a través de los cuales miramos el mundo, y aunque estemos sanos físicamente, si no nos sentimos en paz, si estamos enfadados o tristes, todo lo acabamos viendo negro. Es importante saber que la salud ha de ser integral, es decir, debe integrar esos tres cuerpos: el físico, el emocional y el mental.

La salud espiritual es un estado de conciencia que engloba y armoniza la totalidad de nuestro ser. Cuando tenemos una buena relación con el propio cuerpo, incluso el dolor es más tolerable. Si nuestro estado de ánimo es sereno y conformado, las penas del cuerpo se llevan mejor. E igualmente, cuando tenemos una buena escucha de nuestro mundo interno y podemos hacernos cargo de nuestras emociones, podemos vivir las dificultades con menos angustia y más comprensión. El cuidado y desarrollo de esa actitud madura y benevolente para con nosotros mismos -y si la tenemos con nosotros mismos, la tendremos con los demás- es lo que llamamos "salud espiritual".

"La mayor evolución de nuestro tiempo es el descubrimiento de que, al cambiar la actitud interna de nuestra mente, cambia la realidad exterior", afirma un filósofo norteamericano, Williams James. Y bien, de eso se trata: de ocuparnos de la propia mente, de sanar la actitud interna y, así, cambiar nuestra realidad exterior. Eso es salud. Porque cuando hablamos, a nuestra edad, de salud, no hablamos de recuperar la salud física o la vitalidad perdida, tampoco de salvarnos de no morir. Hablamos de integrar los cuerpos que somos a fin de vivir más plenamente la vida que aún tenemos por delante y prepararnos, adecuadamente, para el final que nos espera a todos: morir.

Para poder ocuparnos realmente de nuestra salud espiritual, es importante tener claro que el enemigo no es la muerte. La muerte es un fin de ciclo necesario para que la Vida misma siga su camino. El enemigo es el miedo. Lo único que hay que temer es el temor. Mahatma Gandhi, un gran guerrero espiritual, decía que la osadía es el primer requisito de la espiritualidad. Si no desarrollamos el coraje de encarar los muchos miedos que se nos ponen por delante, seguiremos viviendo de manera cobarde. "La cobardía -dice Stephen Levine- es vivir de espaldas a la realidad, vivir como si la muerte no existiera".

Sabemos todos que "la vida es una enfermedad que se contrae solo nacer y de pronóstico necesariamente mortal", "una barca lanzada a la mar y que va a naufragar". ¿Qué sentido tiene esa vida? En la sociedad materialista en la que hemos crecido, el carácter efímero y precioso de la vida, su Sentido profundo, no se valora. Por el contrario, los valores que imperan en el mundo son claramente adolescentes y si uno ya no es joven, eficiente y exitoso, está, digamos, pasado de moda, relegado a una vida inútil y banal. Pero no siempre ha sido así y aún hoy, en algunas culturas, no es así. En las sociedades donde se mantiene un vínculo vivo con la naturaleza, la tercera edad es una edad preciosa, valorada y respetada por todos; es la etapa propicia para desarrollar la sabiduría. La sabiduría es una de las pocas cosas que no sólo no se pierde con la edad, sino que se incrementa con los años. En el mundo de los indios norteamericanos, por ejemplo, son los ancianos los que conforman "el consejo de sabios". Ellos son los grandes padres o las grandes madres, que saben escuchar con el corazón y aconsejar con experiencia a los más jóvenes. También en la India se considera que la vida consta de tres edades. La primera infancia y la juventud son etapas formativas que se caracterizan por desear cosas. La segunda juventud y la madurez son el momento de alcanzar esas cosas y prestar un servicio a la comunidad. Y la tercera edad, con el declinar de la fuerza física y las responsabilidades para con los demás, es una etapa sagrada, el momento de dedicarse a profundizar en uno y aclararse, por fin, con la pregunta clave de la vida: ¿quien soy yo?

Durkheim, un importante filósofo cristiano y practicante de la meditación zen, nos recuerda que, trascurra como trascurra nuestra vida, de hecho siempre podemos identificar esas tres etapas. La primera, la del niño, es naturalmente egocéntrica; la segunda gira alrededor de los demás, la pareja, la familia, el trabajo; y la tercera, por fin, es el tiempo que podemos dedicar a la búsqueda y rescate de nuestro ser íntimo, de nuestra verdad interior. La vejez es la etapa propicia para la transformación, dice Durkheim, en la medida en que podemos ocuparnos de nosotros mismos y aclarar la confusión que impera en nuestro mundo tan "civilizado". Hemos confundido el progreso material con la evolución interior, hemos confundido el tener con el ser y nos hemos quedado atrapados en los roles o las funciones que hemos venido realizando. Pero recobrar la salud, dice Durkheim, es despertar a la dimensión interna, a la dimensión del ser.

Ahora bien, no es fácil. Nadie nos ha enseñado nunca a lo que podríamos llamar "madurar". Madurar es crecer por dentro. Crecer fisiológicamente no nos requiere ningún esfuerzo. Todos, lo queramos, o no, somos, cada día, un día más viejos. Madurar, en cambio, requiere esfuerzos y deliberación. Jung, el más brillante de todos los discípulos de Freud, decía que, a partir de los 40 o 50 años, cuando empieza el declive de eros, la energía vital, es el momento de tomarse en serio eso de madurar. No podemos preguntarnos ya, como cuando éramos niños: ¿qué quiero ser cuando sea mayor? Hemos de afrontar el presente y encarar, valientemente, lo que tenemos por delante. La pregunta, así, sería: ¿cómo quiero morir?

"La falta de autenticidad se debe a la falta de conciencia y aceptación de la propia finitud". Estas palabras de Heidegger ponen el dedo en la llaga; no podemos ser auténticos sin aceptarnos finitos. De la misma forma que no podemos ser testimonios de la bondad de la vida por permitirnos llegar a viejos, si no nos reconciliamos y valoramos nuestra condición. Dice Maximilienne Levet, una gerontóloga de 80 años: "los mayores tenemos otros valores que pueden fundamentar el presente, la lentitud, la disponibilidad y la debilidad". Sorprendente, ¿no? Pero sí, y los viejos sabios lo tienen muy claro. Esos tres rasgos -lentitud, disponibilidad y vulnerabilidad- son la condición de un mundo menos estresado, duro y prepotente. Por ser vulnerables, vamos un poco más lentos; por ir más lentos estamos más disponibles para el otro. Ese sería un mundo más amable, pausado y profundamente humano.

Pero ya hemos dicho que llegar a sabio no es lo mismo que hacerse viejo. Hemos de ponernos a ello. Y, para ello, hacen falta dos cosas. La primera, saber que es posible; que no importa la edad que tengamos: mientras tengamos días de vida por delante, tenemos mucho que hacer. Podemos ocuparnos de madurar, de crecer internamente y ser más auténticos, podemos mejorar nuestra salud espiritual y encontrarnos más cómodos, más en paz con nosotros mismos. Podemos ser testimonios de que la tercera edad es una etapa de vida que vale la pena en tanto que nos ofrece un tiempo precioso, un tiempo para ocuparnos, por fin, de nuestra vida interior.

Ahora bien, no basta con saber que es posible. Eso sería como conformarnos con hojear un libro acerca de algún país lejano, en lugar de viajar hasta él. Hay que realizar el viaje, hacer un esfuerzo y poner en práctica lo que vamos comprendiendo, a fin de integrarlo como experiencia propia. El saber adorna, pero sólo la experiencia nos transforma, nos hace realmente mejores. La transformación es un intenso trabajo interior que no tiene nada que ver con obedecer normas o acumular información. No implica, tampoco, creencia alguna. La salud espiritual, tal y como aquí la entendemos, es un estado de conciencia que todos podemos alcanzar, pero que supone un aprendizaje, un trabajo paciente, personal, que nos irá dando frutos a medida que lo realicemos de verdad. De la misma forma que hemos desarrollado la inteligencia por medio de los estudios, o hemos fortalecido nuestra musculatura por medio de la gimnasia, podemos recuperar la sensibilidad perdida para con nuestros cuerpos. Podemos aprender a manejar mejor nuestros estados de ánimo y podemos aprender a pacificar, a silenciar la mente. Una mente en paz es sinónimo de un corazón abierto. Y esa es la espiritualidad, la salud, que tanta falta hace hoy en el mundo. Y esa es una meta por la que vale la pena esforzarse, el auténtico desafío que tenemos, los mayores, por delante.

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