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Ideas para
el debate
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La
evolución interna del ser humano y la salud
En nuestra sociedad, el progreso pasa por lo externo, pero nos hemos
olvidado de la dimensión interna del ser humano, de la
dimensión que podríamos llamar moral o de los valores que nos
inspiran.
En cuanto a la salud, ocurre lo mismo. Tenemos una visión muy
limitada de lo que es la salud, que se concentra exclusivamente en el
cuerpo físico. Generalmente, estar sano es no tener un dolor o una
enfermedad, pero este nivel es un nivel básico y primario.
Además del cuerpo físico están el cuerpo mental (el
estado de nuestra mente: preocupados, obsesionados, resentidos...), el
cuerpo emocional (nuestro estado de ánimo, cómo nos sentimos:
deprimidos, ansiosos...) y el cuerpo espiritual (estado que integra, con
armonía y bienestar, los diferentes niveles mentales y emocionales).
La manera en que vivimos las experiencias se refleja en el cuerpo
espiritual, mental y emocional, causando un importante efecto sobre el
cuerpo físico.
En nuestra sociedad, se nos enseña a vivir como si la muerte no existiera,
como si la muerte fuera un enemigo. Pero los enemigos son el miedo y la
ignorancia, ya que la muerte es la salida natural que a todos nos espera
y lo que convierte la vida en una experiencia preciosa.
La maduración del ser humano es el crecimiento interno, la
honestidad y el valor de darnos cuenta de que hemos vivido hasta cierto
punto, consiguiendo ciertos logros; pero sobre todo afecta a lo que soy.
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¿Quién soy yo y qué sentido tiene mi vida?
Crecer interiormente requiere una deliberación, saber qué es
posible y ponernos a ello. Requiere reconciliarse con aspectos de
nosotros mismos, integrar todas las experiencias que hemos vivido y
acumulado; supone aprender a envejecer, aprender a morir y recuperar el
ser que somos.
No es lo mismo llegar a ser "un viejo sabio que un pobre viejo".
En la sociedad en que vivimos, los ancianos no son casi respetados, porque
no somos "viejos sabios", somos personas ancianas que hemos
permanecido fijadas en actitudes infantiles, resentidas, temerosas y no
somos un testimonio para los jóvenes de lo que es ser mayor.
El mayor necesita integrar los diferentes cuerpos para ver el nivel que
tiene de salud, analizar el estado de conciencia que tiene, ya que tiene
dentro una capacidad de bienestar, un testimonio de la vida del que se
puede aprender.
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El
proceso de dejar de ser
Para aprender el proceso de dejar de ser, hay que aprender a vivir
muriendo. Estamos muriendo desde el momento en que venimos al mundo y es
esencial aprender a soltar, en cada momento, lo que ya no somos.
Lo que ya no somos se refiere a un rol, a un papel, a un lugar que
habíamos ocupado en la sociedad y precisamente la vejez es el
momento en que la vida nos despoja casi inevitablemente de todo esos
papeles que hemos desarrollado y nos enfrenta a la inactividad, al tiempo
libre, al vacío, y podemos entrar en ansiedad, podemos defendernos
rabiosamente, podemos colaborar ayudando a otros; pero podemos,
también, ocuparnos de esa dimensión que se abriría
naturalmente, porque, siempre, lo que perdemos, lo que muere, de alguna
manera es un aspecto de nuestro ser.
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Conferencia
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Vivimos, qué duda cabe, una época muy interesante, marcada
por unos contrastes tremendos. Por un lado, el progreso científico y
tecnológico es alucinante y todos nosotros gozamos, en alguna
medida, de esos maravillosos avances. Por otro lado, vivimos en un mundo
cada día mas peligroso y violento; el hombre sigue siendo un lobo
para el hombre y, al parecer, no somos ni un poquito mejores. ¿Por
qué? ¿Cómo es posible que, con lo que tenemos, no sepamos ser
un poco mas pacíficos y tolerantes los unos con los otros?
Está claro que el progreso que hemos alcanzado hace aguas por alguna
parte. Nos hemos ocupado, y mucho, del mundo externo, material, pero hemos
ignorado la dimensión interior de nosotros mismos.
Tenemos un concepto de la vida muy pobre. Entendemos, por ejemplo, que
tener salud consiste en no padecer ninguna enfermedad física. La
salud física es, sin duda, una dimensión importante del estar
sanos, pero podemos estar sanos físicamente y estar muy enfermos
emocionalmente. Estar deprimidos, obsesionados, resentidos, padecer
ansiedad o constante mal humor, son síntomas de una salud muy pobre,
de mala salud emocional. Sabemos que las emociones negativas nos amargan la
vida igual, o peor aún, que las enfermedades físicas. Las
emociones enturbian la mente y, cuando nos sentimos mal, pensamos,
lógicamente, muy mal. Pensamos mal de los otros, del mundo y de
nosotros mismos; somos agresivos y poco tolerantes o, por el contrario, nos
aislamos del mundo y nos conmiseramos de nosotros mismos. Los estados
mentales afectan profundamente nuestra vida, son filtros a través de
los cuales miramos el mundo, y aunque estemos sanos físicamente, si
no nos sentimos en paz, si estamos enfadados o tristes, todo lo acabamos
viendo negro. Es importante saber que la salud ha de ser integral, es
decir, debe integrar esos tres cuerpos: el físico, el emocional y el
mental.
La salud espiritual es un estado de conciencia que engloba y armoniza la
totalidad de nuestro ser. Cuando tenemos una buena relación con el
propio cuerpo, incluso el dolor es más tolerable. Si nuestro estado
de ánimo es sereno y conformado, las penas del cuerpo se llevan
mejor. E igualmente, cuando tenemos una buena escucha de nuestro mundo
interno y podemos hacernos cargo de nuestras emociones, podemos vivir las
dificultades con menos angustia y más comprensión. El cuidado
y desarrollo de esa actitud madura y benevolente para con nosotros mismos
-y si la tenemos con nosotros mismos, la tendremos con los demás- es
lo que llamamos "salud espiritual".
"La mayor evolución de nuestro tiempo es el descubrimiento
de que, al cambiar la actitud interna de nuestra mente, cambia la realidad
exterior", afirma un filósofo norteamericano, Williams
James. Y bien, de eso se trata: de ocuparnos de la propia mente, de sanar
la actitud interna y, así, cambiar nuestra realidad exterior. Eso es
salud. Porque cuando hablamos, a nuestra edad, de salud, no hablamos de
recuperar la salud física o la vitalidad perdida, tampoco de
salvarnos de no morir. Hablamos de integrar los cuerpos que somos a fin de
vivir más plenamente la vida que aún tenemos por delante y
prepararnos, adecuadamente, para el final que nos espera a todos: morir.
Para poder ocuparnos realmente de nuestra salud espiritual, es importante
tener claro que el enemigo no es la muerte. La muerte es un fin de ciclo
necesario para que la Vida misma siga su camino. El enemigo es el miedo. Lo
único que hay que temer es el temor. Mahatma Gandhi, un gran guerrero
espiritual, decía que la osadía es el primer requisito de la
espiritualidad. Si no desarrollamos el coraje de encarar los muchos miedos
que se nos ponen por delante, seguiremos viviendo de manera cobarde.
"La cobardía -dice Stephen Levine- es vivir de espaldas a la
realidad, vivir como si la muerte no existiera".
Sabemos todos que "la vida es una enfermedad que se contrae solo nacer
y de pronóstico necesariamente mortal", "una barca lanzada
a la mar y que va a naufragar". ¿Qué sentido tiene esa vida? En
la sociedad materialista en la que hemos crecido, el carácter
efímero y precioso de la vida, su Sentido profundo, no se valora.
Por el contrario, los valores que imperan en el mundo son claramente
adolescentes y si uno ya no es joven, eficiente y exitoso, está,
digamos, pasado de moda, relegado a una vida inútil y banal. Pero no
siempre ha sido así y aún hoy, en algunas culturas, no es
así. En las sociedades donde se mantiene un vínculo vivo con
la naturaleza, la tercera edad es una edad preciosa, valorada y respetada
por todos; es la etapa propicia para desarrollar la sabiduría. La
sabiduría es una de las pocas cosas que no sólo no se pierde
con la edad, sino que se incrementa con los años.
En el mundo de los indios norteamericanos, por ejemplo, son los ancianos
los que conforman "el consejo de sabios". Ellos son los grandes
padres o las grandes madres, que saben escuchar con el corazón y
aconsejar con experiencia a los más jóvenes. También
en la India se considera que la vida consta de tres edades. La primera
infancia y la juventud son etapas formativas que se caracterizan por desear
cosas. La segunda juventud y la madurez son el momento de alcanzar esas
cosas y prestar un servicio a la comunidad. Y la tercera edad, con el
declinar de la fuerza física y las responsabilidades para con los
demás, es una etapa sagrada, el momento de dedicarse a profundizar
en uno y aclararse, por fin, con la pregunta clave de la vida: ¿quien soy
yo?
Durkheim, un importante filósofo cristiano y practicante de la
meditación zen, nos recuerda que, trascurra como trascurra nuestra
vida, de hecho siempre podemos identificar esas tres etapas. La primera, la
del niño, es naturalmente egocéntrica; la segunda gira alrededor de
los demás, la pareja, la familia, el trabajo; y la tercera, por fin,
es el tiempo que podemos dedicar a la búsqueda y rescate de nuestro
ser íntimo, de nuestra verdad interior. La vejez es la etapa
propicia para la transformación, dice Durkheim, en la medida en que
podemos ocuparnos de nosotros mismos y aclarar la confusión que
impera en nuestro mundo tan "civilizado". Hemos confundido el
progreso material con la evolución interior, hemos confundido el
tener con el ser y nos hemos quedado atrapados en los roles o las funciones
que hemos venido realizando. Pero recobrar la salud, dice Durkheim, es
despertar a la dimensión interna, a la dimensión del ser.
Ahora bien, no es fácil. Nadie nos ha enseñado nunca a lo que
podríamos llamar "madurar". Madurar es crecer por dentro.
Crecer fisiológicamente no nos requiere ningún esfuerzo.
Todos, lo queramos, o no, somos, cada día, un día más
viejos. Madurar, en cambio, requiere esfuerzos y deliberación. Jung,
el más brillante de todos los discípulos de Freud,
decía que, a partir de los 40 o 50 años, cuando empieza el declive
de eros, la energía vital, es el momento de tomarse en serio eso de
madurar. No podemos preguntarnos ya, como cuando éramos niños:
¿qué quiero ser cuando sea mayor? Hemos de afrontar el presente y
encarar, valientemente, lo que tenemos por delante.
La pregunta, así, sería: ¿cómo quiero morir?
"La falta de autenticidad se debe a la falta de conciencia y
aceptación de la propia finitud". Estas palabras de Heidegger
ponen el dedo en la llaga; no podemos ser auténticos sin aceptarnos
finitos. De la misma forma que no podemos ser testimonios de la bondad de
la vida por permitirnos llegar a viejos, si no nos reconciliamos y
valoramos nuestra condición. Dice Maximilienne Levet, una
gerontóloga de 80 años: "los mayores tenemos otros valores que
pueden fundamentar el presente, la lentitud, la disponibilidad y la
debilidad". Sorprendente, ¿no? Pero sí, y los viejos sabios lo
tienen muy claro. Esos tres rasgos -lentitud, disponibilidad y
vulnerabilidad- son la condición de un mundo menos estresado, duro y
prepotente. Por ser vulnerables, vamos un poco más lentos; por ir
más lentos estamos más disponibles para el otro. Ese
sería un mundo más amable, pausado y profundamente humano.
Pero ya hemos dicho que llegar a sabio no es lo mismo que hacerse viejo.
Hemos de ponernos a ello. Y, para ello, hacen falta dos cosas. La primera,
saber que es posible; que no importa la edad que tengamos: mientras
tengamos días de vida por delante, tenemos mucho que hacer. Podemos
ocuparnos de madurar, de crecer internamente y ser más
auténticos, podemos mejorar nuestra salud espiritual y encontrarnos
más cómodos, más en paz con nosotros mismos. Podemos
ser testimonios de que la tercera edad es una etapa de vida que vale la
pena en tanto que nos ofrece un tiempo precioso, un tiempo para ocuparnos,
por fin, de nuestra vida interior.
Ahora bien, no basta con saber que es posible. Eso sería como
conformarnos con hojear un libro acerca de algún país lejano,
en lugar de viajar hasta él. Hay que realizar el viaje, hacer un
esfuerzo y poner en práctica lo que vamos comprendiendo, a fin de
integrarlo como experiencia propia. El saber adorna, pero sólo la
experiencia nos transforma, nos hace realmente mejores. La
transformación es un intenso trabajo interior que no tiene nada que
ver con obedecer normas o acumular información. No implica, tampoco,
creencia alguna. La salud espiritual, tal y como aquí la entendemos,
es un estado de conciencia que todos podemos alcanzar, pero que supone un
aprendizaje, un trabajo paciente, personal, que nos irá dando frutos
a medida que lo realicemos de verdad. De la misma forma que hemos
desarrollado la inteligencia por medio de los estudios, o hemos fortalecido
nuestra musculatura por medio de la gimnasia, podemos recuperar la
sensibilidad perdida para con nuestros cuerpos. Podemos aprender a manejar
mejor nuestros estados de ánimo y podemos aprender a pacificar, a
silenciar la mente. Una mente en paz es sinónimo de un
corazón abierto. Y esa es la espiritualidad, la salud, que tanta
falta hace hoy en el mundo. Y esa es una meta por la que vale la pena
esforzarse, el auténtico desafío que tenemos, los mayores,
por delante.
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