La mayoría de las sociedades industrializadas se enfrentan a procesos de cambio social y cultural que diversifican los paisajes humanos por los que transcurre la vida de una persona.
Durante las últimas décadas las organizaciones sociales, como las familias, las escuelas o las asociaciones han cambiado de manera vertiginosa y frecuentemente de forma imprevisible.
La mayoría de los teóricos de las ciencias sociales postula que estos cambios están produciendo una heterogeneidad creciente de la normativa
que regula dos facetas íntimamente unidas, e igualmente importantes, de la vida social de los individuos, a saber: las prácticas sociales propias de cada ámbito social y las relaciones interpersonales que tienen lugar en dichos ámbitos.
Consecuentemente, para ubicarse en su cultura, el individuo debe aprender que lo que está prohibido en un contexto, en otro puede estar permitido e incluso ser de obligado cumplimiento.
Esta diversidad de códigos deontológicos está generando un importante aumento de desencuentros entre personas que comparten un mismo espacio social.
El incremento de conflictos interpersonales ha puesto en evidencia la necesidad de arbitrar programas de intervención social susceptibles de equipar a los individuos con las herramientas y habilidades que son necesarias para hacer frente a los nuevos retos.
Por otra parte, la conciencia de que nuestra calidad de vida y nuestra salud física dependen de la posibilidad de promover una adecuada gestión de los conflictos nos ha llevado a rechazar una filosofía basada en la ley del más fuerte, y ha impulsado un crecimiento prodigioso del área de la resolución de conflictos.
En un estudio (Rein, McCraty et al. 1995) en el que se pedía a voluntarios que recordasen un episodio de su vida que les hubiera producido un intenso sentimiento de cólera, se comprobó que la simple evocación del suceso inducía un periodo de varios minutos de caos en su ritmo cardíaco. Tras este periodo de caos, la secreción de inmunoglobulinas A caía durante seis horas, por término medio, lo que reducía su resistencia frente a los agentes infecciosos. El mismo estudio permitió verificar que un recuerdo positivo iba acompañado de un aumento de la producción de inmunoglobulinas.
Cada vez disponemos de más trabajos que asocian el disfrute de una buena calidad de vida con el desarrollo de las habilidades que facilitan la resolución de conflictos. Aprender a regular los estados de ánimo vinculados a los conflictos no sólo produce beneficios psíquicos sino que también mejora la salud física de los individuos.
Por prejuicio cultural solemos creer que los conflictos se dan sólo entre individuos con deficiencias en el terreno relacional, y que entre personas de buena voluntad e inteligencia no se dan conflictos. Sin embargo, lo que hace que una relación sea problemática no es la existencia de conflictos, sino la no resolución de los mismos.
No podemos evitar que existan conflictos, pero podemos trabajar en ellos, bien sea para buscar su resolución inmediata, bien sea haciendo de ellos una oportunidad de crecimiento personal.
Las situaciones conflictivas, aunque inevitables, pueden vivirse de formas diferentes. Cuando se perciben como episodios negativos dan lugar a prácticas sociales, a relaciones personales en las que la confrontación y la lucha ocupan un lugar central. Sin embargo, si se abordan como posibilidades abiertas al cambio, dan lugar a la construcción de nuevos espacios de diálogo que articulan y respetan las diferencias de las partes.
En nuestro entorno social, en nuestra vida personal, observamos constantes oscilaciones entre la confrontación y el diálogo. Si bien unas prácticas sociales parecen sustentarse en el enfrentamiento, otras, por el contrario, estimulan el diálogo.
Lakoff y Johnson han recogido distintas metáforas que ilustran hasta qué punto está extendida la idea de que una discusión se asemeja a una guerra. El uso frecuente de frases como las siguientes despeja cualquier duda al respecto:
Los conflictos tienen lugar en episodios puntuales, en momentos de crisis. Los participantes quieren transformar la situación conflictiva en la que se encuentran y, en su empeño, oscilan entre dos posturas. Por un lado desean mantener al máximo los deseos, sentimientos, opiniones, ideas y pensamientos propios, y por el otro tienen presente que les conviene estar abiertos al intercambio con las otras personas.
En este sentido, podemos decir que la resolución de conflictos es una invitación a un diálogo, que debe parecerse más a un baile que a una batalla, entre la experiencia propia y la de las otras personas.
Se trata de un proceso en el que usamos indistintamente lenguajes diversos para transitar desde lo vivido como propio a lo vivido como ajeno. Palabras, miradas, actitudes corporales, silencios y escucha activa van apareciendo en escena para construir un nuevo entramado de actos, sentimientos, deseos y opiniones que llevan a las partes a definir y a plantearse lo que tienen en común y lo que las diferencia. Es un proceso abierto a la autoafirmación de cada parte y a la comprensión y escucha activa de las demás partes.
La resolución de conflictos está, por tanto, vinculada a las relaciones personales y se sustenta en fuentes a las que teóricamente recurrimos a diario.
Pero antes de seguir avanzando por una vía que nos puede llevar a creer que la resolución de conflictos es fácil, que es sólo cuestión de adoptar una voluntad de entendimiento, conviene que nos cuestionemos seriamente sobre nuestras habilidades para establecer relaciones de mutualidad entre nuestros pares.
Por esta razón, es necesario tratar ahora el tema de las relaciones personales y su vinculación con la resolución de conflictos.
Nuestros conocidos son nuestros más cercanos desconocidos, dijo en una ocasión Nietzsche. De algún modo, sus palabras pueden causarnos desconcierto, pero si tras nuestra primera sorpresa hacemos un alto en el camino y reflexionamos sobre lo poco que conocemos a nuestros conocidos, posiblemente admitiremos que tiene parte de razón.
Solemos conceder poca importancia a todo el saber que encierran nuestras experiencias. Nos desplazamos de una a otra sin apenas detenernos en ellas. No tenemos tiempo para incorporar de forma reflexiva las ideas y sentimientos que evocamos en nuestras relaciones personales.
A diferencia de lo que hacemos con otros asuntos, por ejemplo las cosas relacionadas con el trabajo, los intereses económicos o las relaciones con los objetos, reflexionamos poco sobre nuestras relaciones con las personas que nos rodean. Nos basamos en ideas sincréticas, difusas, en las que nosotros mismos nos confundimos con los demás y con la situación.
Jorge Bucay (2003) explica un cuento en el que, un fin de semana, un hombre telefonea al médico de cabecera de su familia y le dice que está preocupado porque su esposa se está quedando sorda. El médico le propone que el lunes vaya a la consulta con su esposa. El marido insiste en la urgencia del problema y el médico, viendo su inquietud, le sugiere que indague el grado de sordera de María. Para hacerlo, primero debe llamar a su esposa desde el rincón más alejado y después desde lugares cada vez más cercanos a ella. El marido sigue las indicaciones del médico y llama a María gritando fuertemente su nombre desde distintos lugares sin recibir ninguna respuesta. Finalmente, el hombre entra en la cocina, se acerca a María, le pone una mano en el hombro y le grita al oído: " ¡Maríaaaaaaa!". Entonces ella le responde: "Ya me has llamado como diez veces y diez veces te he contestado ' ¿qué quieres?'. Cada día estás más sordo, no sé por qué no vas al médico de una vez".
Esta historieta ilustra un fenómeno muy común en nuestras relaciones personales. Todos nos parecemos al hombre de la historia. La confusión entre lo propio y lo ajeno dificulta enormemente la resolución de conflictos.
Habitamos en una amalgama en la que todo se confunde, en la que nuestros pensamientos, sentimientos y deseos se mezclan entre sí, de tal forma que nos cuesta distinguir entre lo que pensamos y lo que sentimos nosotros, y lo que sienten y piensan los demás. Esto puede llevarnos, por ejemplo, a no darnos cuenta de que nuestros sentimientos pueden impedirnos pensar de forma eficiente en las causas de nuestros conflictos.
Hace unos años realizamos un estudio para indagar cómo reaccionaban las personas cuando recibían un trato injusto por parte de una persona con la que mantenían vínculos afectivos. Este estudio nos permitió constatar que cuando una persona recuerda una injusticia se siente triste, decepcionada, frustrada, engañada, traicionada, impotente, etc. Y que estos sentimientos le incitan a encerrarse en su dolor y a encontrar su principal consuelo en la autocompasión. El hecho de compadecerse de sí misma no le facilita la búsqueda de comportamientos adecuados para la defensa de los derechos que le han sido violados y la deja todavía más desvalida ante la agresión recibida. Por ejemplo, una chica que comentaba un problema que había tenido con su padre dijo:
"Cuanto más tiempo pasa, más me pregunto si realmente fui yo la culpable. Me confunde con su indiferencia y me gustaría que me fueran recordando que no me lo merezco."
Las palabras de esta chica muestran que ella vivió el comportamiento de su padre como una agresión a su propia identidad y que esta agresión no sólo violó alguno de sus derechos, sino que además le produjo un estado de indefensión momentánea que la dejó confusa y desprotegida.
Otra chica que comentaba un problema que había tenido con su madre dijo:
"Realmente llegué a pensar que me estaba volviendo loca... Llegué a pensar que, sin darme cuenta, me ponía histérica, o algo así, porque de hecho acabé llorando de forma compulsiva."
Vemos como en ambos casos la injusticia produjo una fuerte inseguridad a las dos chicas. Las injusticias resultan demasiado dolorosas como para que quien las padece pueda alejarse indemne de ellas.
Frente a una injusticia se suelen generar dos fenómenos que pueden parecer incompatibles, pero que sin embargo se dan simultáneamente. Por una parte, la persona tratada injustamente se siente prisionera de la injusticia recibida y, por otra, siente un deseo profundo de negarla. Consecuentemente, tiende de manera impulsiva a pensar y negar al mismo tiempo una situación de la que, pese a sus esfuerzos, no consigue liberarse ni pensarla adecuadamente.
Esta actitud ambivalente lleva a una pobreza de análisis de la situación. Por este motivo, la mayoría de las veces sus razonamientos se limitan a una crítica global de la persona agresora y a considerar que ésta ha actuado pensando exclusivamente en sus intereses individuales, de modo que se genera un estado de ánimo que no conduce a la persona agredida a buscar ayuda en terceras personas.
Sentirse víctima de una injusticia produce una confusión momentánea que hace que quien la padece no piense que puede disponer de asesoramiento, consejo, apoyo moral o ayuda material por parte de sus seres queridos o por parte de profesionales.
Así, por ejemplo, cuando preguntamos a una chica que había tenido un problema con su novio si le hubiera gustado recibir ayuda de alguien, dijo:
"No sé cuál hubiera sido la mejor ayuda. Supongo que hubiera debido de hablar con alguien que nos conociera a los dos y fuera imparcial, pero como esta persona no existe, en aquel momento hice lo que necesitaba, llorar y desahogarme, y después estar sola."
Veamos otro ejemplo:
"En aquel momento necesitaba la comprensión de los amigos, su apoyo. Pero no pude recuperarlo hasta mucho tiempo después, cuando conseguí estar en forma conmigo misma. Entonces pude acercarme de nuevo a ellos y afrontar la situación."
Vivir una situación injusta puede hacer que quien la padece se adhiera de tal forma a la situación problemática que ello le impida buscar y encontrar ayuda fuera del contexto en el que se generó la injusticia. Si tomamos las palabras citadas, existe una única salida: llorar, desahogarse y aceptar la soledad.
El sufrimiento que produce una injusticia no sólo rompe los vínculos de la persona que la recibe, aislándola de los demás, sino que también empobrece sus pensamientos, lo cual merma sus posibilidades de salir airosa de la situación.
En la resolución de conflictos, además de los posibles efectos de una indefensión momentánea, conviene tener en cuenta nuestras dificultades para discriminar suficientemente lo propio de lo ajeno. Dificultades que, en el cuento del marido y su esposa sorda, son fáciles de objetivar; en cambio, cuando se trata de determinar las responsabilidades personales, la problemática es mucho mayor.
Tendemos a creer que nuestros pensamientos, sentimientos y deseos son compartidos por los demás, y esta creencia nos impide tomar conciencia de las posibles diferencias entre los pensamientos, sentimientos y deseos propios y los de las otras personas.
Desde esta mezcolanza creamos esquemas, imágenes mentales, de las personas que ocupan un lugar significativo en nuestra vida y, sin darnos cuenta, de forma progresiva, vamos sustituyendo a estas personas por el patrón que nos hacemos de cada una de ellas.
De entre todas las imágenes construidas a partir de las situaciones vividas con un mismo individuo, seleccionamos solo unas pocas, las que nos parecen más relevantes y damos tanta fuerza a estas imágenes que las demás quedan relegadas a un segundo plano.
Las imágenes seleccionadas como prototípicas de una persona son las lentes con las que «miramos» todas sus acciones. De modo que si, por ejemplo, hemos catalogado a alguien como persona difícil, sus actos conciliadores nos pasan desapercibidos. Inversamente, nos resistimos a creer que una persona a la que consideramos grata nos está perjudicando con su comportamiento.
Al actuar de este modo, es decir, cuando reducimos a una persona a la imagen que nos hemos hecho de ella, cuando la encasillamos en un único patrón de conducta, no tomamos en consideración la diversidad de recursos, destrezas, habilidades, perspectivas, opciones, innovaciones, cambios, etc., de que esta persona es capaz.
Actuamos como si pensáramos que, aplicando imágenes predecibles al comportamiento de nuestros seres queridos, conseguiremos más fácilmente un buen entendimiento con ellos.
Pero la realidad es justamente contraria a nuestra creencia. Tenemos más posibilidades de establecer relaciones que nos permitan considerar y coordinar de forma exitosa las diferencias si nos liberamos de esquemas e ideas preconcebidas y nos interrogamos acerca de lo que están haciendo, pensando y sintiendo las otras personas, sin por ello olvidar nuestros propios pensamientos y sentimientos.
Las situaciones conflictivas son complejas, en ellas cristalizan diferencias que están profundamente arraigadas en la forma de pensar y sentir de cada persona. Los conflictos abarcan un amplio campo de factores; su resolución demanda contemplar simultáneamente lo que une y lo que separa a las partes implicadas.
Cada individuo tiene sus propios pensamientos, sentimientos y deseos que se vinculan con los de los demás, pero que no se subsumen en ellos. La necesidad de respetar lo singular va, a su vez, acompañada de la necesidad de relacionarlos con el conjunto de factores que confieren un sentido unitario a la situación.
Un jugador de póquer mira cada carta y, teniéndolas todas presentes, piensa cuál es la mejor forma de combinarlas a lo largo de la partida, pero no se contenta con ello, sino que a partir de las jugadas de sus pares va regulando y ajustando su plan inicial.
Los conflictos forman un todo. Cada parte tiene una entidad propia y a la vez está íntimamente vinculada con las otras partes. Contemplar el todo sin olvidar las partes y viceversa es el resultado de una síntesis a la que se llega a partir de sucesivas aproximaciones.
Frente a este panorama cabe preguntarse cómo podemos comprender todos los factores implicados en una situación conflictiva. Por ejemplo, es obvio que los deseos de todas las partes desempeñan una importante función en el conflicto. Pero pese a esta obviedad no resulta fácil considerar los deseos de una persona sin confundirlos con sus pensamientos, y con los deseos y pensamientos de los otros individuos.
Estamos dotados de una mente que nos permite adaptarnos a la complejidad de las experiencias mediante simplificaciones de aquello que se resiste a ser aprehendido en toda su amplitud. Se trata de una simplificación básica, sin la cual no podríamos enfrentarnos a la multiplicidad de estímulos del medio. Sin embargo, tal y como veremos más adelante, nuestra capacidad de simplificar mentalmente la experiencia necesita un importante complemento: la realización de sucesivas aproximaciones a lo que ocurre fuera de nosotros.
Simplificamos la experiencia reduciendo mentalmente los elementos que la integran. No consideramos todos sus aspectos, sino que seleccionamos sólo algunos de ellos, según el momento, los que nos parecen más significativos y no tomamos en consideración los que no nos parecen relevantes.
Permítanme que les dé un ejemplo de esta simplificación explicándoles el resultado de una investigación que llevamos a cabo para explorar las opiniones de alumnos universitarios sobre la resolución de un dilema moral entre el derecho a la vida y la obligación de respetar la propiedad privada.
Para ello utilizamos una historia hipotética cuyo protagonista carece de dinero suficiente para adquirir un medicamento que es imprescindible para salvar la vida de su esposa y tampoco dispone de otros recursos legales para conseguirlo. El protagonista de la historia, por tanto, tiene que dirimir si debe o no robar la medicina.
Entregamos a los estudiantes el texto escrito de esta historia y les pedimos que escribieran su opinión sobre lo que debía hacer el marido y que justificaran sus respuestas.
Veamos, a título de ejemplo, la respuesta de un estudiante:
"Creo que Enrique debía robar la medicina porque estaba en juego la vida de su mujer y, probablemente, es una persona a la que ama y no quiere perder.
Seguramente estaba tan angustiado pensando en la posible muerte de su esposa que para él lo más importante era conseguir la medicina sin tener en cuenta que el acto de robar va en contra de la ley.
El hecho de que robe la medicina no está mal, sino todo lo contrario, porque prefiere arriesgarse, aunque cometa un delito, antes que dejar morir a su mujer.
No sé si Enrique debió de reflexionar sobre lo que podía sucederle por este robo, pero si así fue, seguro que no le importó cargar con una culpa antes de que su esposa muriera."
La mayoría de estudiantes se inclinó por la primacía del derecho a la vida sobre el respeto a la propiedad y consecuentemente afirmó que el marido tenía el deber moral de robar.
Pero veamos hasta qué punto defendieron la prioridad del derecho a la vida sobre el respeto a la propiedad privada.
Después de que hubieran contestado lo que debía hacer el marido, ampliamos el texto de la historia explicando que finalmente el marido decidió robar la medicina, con tanta mala suerte que lo vieron, lo denunciaron y le hicieron un juicio en el que un jurado popular lo declaró culpable. Sobre este segundo fragmento de la historia les preguntamos si creían que el juez debía o no dictar sentencia contra el marido.
Una parte importante del alumnado que había opinado que el marido debía robar afirmó que el juez debía castigarle y sólo una minoría consideró que el marido estaba libre de toda culpa.
Si nos interrogamos acerca de las razones o sinrazones de este cambio de opinión, vemos que el alumnado que diversificó sus respuestas se centró de forma sucesiva en distintas partes del problema. En el caso del marido tuvieron principalmente en cuenta la vida de la mujer, mientras que desde la perspectiva del juez tuvieron en cuenta la necesidad de proteger a la sociedad de los robos de posibles desaprensivos.
Contemplar simultáneamente los intereses del marido y los aspectos jurídicos es más difícil que pensar cada factor de forma sucesiva y yuxtapuesta.
La mayoría de estudiantes opinó que el marido debía robar y que el juez debía castigarlo, lo cual les llevó a la paradójica situación de afirmar que se debe castigar a una persona por haber cumplido con su deber.
Así, una chica se pronunció sobre el juez con estas palabras:
"Enrique debía robar la medicina, teniendo en cuenta el aspecto moral, ya que lo hacía para salvar la vida de su mujer (muy importante para él y por el hecho de que estaba salvando una vida); pero teniendo en cuenta la parte legal del caso, Enrique no debía robar la medicina y, si lo hacía, debía pagar por el delito cometido, ya que la ley no puede hacer diferencias entre personas. El juez tiene que castigarlo y declararlo culpable ya que robar constituye un delito"
Este modo de razonar, de considerar de forma yuxtapuesta y alternativa los diferentes datos de la experiencia, no es la única vía que utilizamos para facilitarnos la comprensión del entorno social. También simplificamos los significados que damos a los elementos seleccionados. De entre todos los significados atribuibles a un mismo elemento, solemos limitarnos a los que nos parecen más interesantes y nos comportamos como si la significación que les hemos aplicado fuera la única posible.
En el estudio que hemos citado, cuando los alumnos hablan del marido, el robo es visto fundamentalmente como el único recurso que puede preservar la vida de la mujer o como un acto de amor. Pero cuando hablan del juez, el mismo robo es considerado de forma taxativa como un comportamiento delictivo. Así, cuando se refieren al marido dicen que el robo "le servirá para salvar a la mujer", que "es justo", que "a falta de recursos legales es lo mejor que puede hacer" y "que es una prueba de valentía". Mientras que cuando están pensando en el juez, el robo recibe el significado de "delito", de acto que "va contra la ley", que "no está bien", que se trata de "una trasgresión de las normas" y que "debe castigarse".
Si una misma persona puede cambiar tan fácilmente el significado que da a un acto (en este caso robar), es fácil imaginar que diferentes personas, según la perspectiva que adopten en una situación de conflicto, puedan dar significados muy distintos a una misma acción. Ello conduce fácilmente a la incomprensión de las partes en desacuerdo y a que cada parte encuentre absurda la posición de las otras, porque los significados que otorgan a los hechos son distintos.
He citado estos ejemplos de estudiantes que llevan más de tres años en la universidad para mostrar y enfatizar que la resolución de conflictos no es sólo cuestión de buena voluntad. Para considerar todas las variables presentes en los conflictos interpersonales hemos de superar dificultades cognitivas y afectivas que no pueden reducirse a la buena voluntad de las personas implicadas.
Vencer estas dificultades requiere un entrenamiento que sería muy fácil de conseguir si, en la escuela, de la misma forma que aprendemos a leer, escribir y contar, nos ayudaran en el aprendizaje de la resolución de conflictos. No obstante, este aprendizaje lo podemos hacer en cualquier momento de la vida, y nos reportará muchos beneficios personales y sociales.
La ausencia de estos aprendizajes nos impone límites. Nuestras interpretaciones son siempre subjetivas. La interpretación que cada persona hace de un segmento de la realidad depende tanto de las propiedades de esta realidad como de las elaboraciones mentales que aplica sobre ella. Una misma realidad puede, por tanto, ser interpretada de maneras diferentes por distintas personas, según los elementos seleccionados, los significados atribuidos y sus implicaciones1.
Es más, si pensamos que nuestra lectura de la experiencia es el resultado de una red compleja de relaciones entre sistemas de elementos correspondientes a diferentes universos adaptativos, no debería sorprendernos que incluso una misma persona dé interpretaciones distintas y a veces contrapuestas de una misma experiencia.
Este funcionamiento mental tiene importantes repercusiones en el ámbito de la resolución de conflictos. Cada persona interpreta la situación conflictiva a su manera y vive los vínculos que la unen a los demás de forma diferente. El aprendizaje de la resolución de conflictos se apoya en el desarrollo de procesos grupales que permitan aunar y coordinar las diferencias. La conversación reflexiva entre los individuos en desacuerdo pone de manifiesto las diferencias entre los significados que cada persona da a la problemática que los separa, y este conocimiento revierte en una mejor comprensión de las diferentes facetas de la situación conflictiva. En este sentido, aprender a dialogar equivale a observar la experiencia conflictiva con una lente que revela las distintas caras del conflicto y facilita la construcción de significados comunes.
Al iniciar esta conferencia he citado a Nietzsche con relación a lo poco que sabemos acerca de nuestros conocidos, y hemos de reconocer que tampoco sabemos gran cosa acerca de nuestra propia intimidad.
Si dedicamos tan poco tiempo a pensar y hablar seriamente sobre nuestro propio comportamiento y el de las otras personas, ¿qué nos permite suponer que hemos desarrollado las habilidades necesarias para comprendernos y, a la vez, comprender a las personas con las que nos relacionamos?
Pero aunque no seamos conscientes de la riqueza de nuestras experiencias relacionales, los vínculos que vamos tejiendo a lo largo de la vida nos ofrecen la posibilidad de afrontar, con mayor o menor éxito, los conflictos interpersonales.
Si cada uno de nosotros rescatáramos de nuestros recuerdos algunos conflictos interpersonales e hiciéramos partícipes a los demás de nuestras experiencias, nos sorprendería constatar la diversidad de disputas, peleas, enfrentamientos que hemos tenido que afrontar y las prácticas tan distintas que hemos desplegado para su resolución.
Si tuviéramos la oportunidad de escuchar todos estos relatos, tendríamos ante nosotros un amplio abanico de experiencias para reflexionar sobre la riqueza y variedad de caminos que seguimos en la resolución de conflictos.
Veríamos que hay quienes parten de la idea de que un conflicto es un problema, que cada persona tiene derecho a esperar de nosotros lo mismo que nosotros esperamos de ella o él, y que buscan en el respeto y la articulación de los derechos y obligaciones individuales las bases para solventar el problema lo más rápidamente posible. Estas personas rechazan cualquier percepción egoísta en la que los conflictos se superan por la ley del más fuerte, y se esfuerzan por establecer acuerdos para alcanzar la satisfacción de las necesidades de las partes en litigio.
Veríamos que estas personas describen el conflicto como un problema que se da entre individuos iguales y cuyos intereses diferentes les fuerzan a establecer acuerdos. Desde esta perspectiva, su máxima aspiración es la eliminación de la problemática específica del momento presente.
También veríamos que no todo el mundo presenta el conflicto como algo negativo, como un problema a superar de inmediato. Una forma diferente de vivir las situaciones conflictivas consiste en hacer de ellas caminos abiertos a un posible crecimiento personal.
En su andadura, estas personas no sólo solucionaron el conflicto, sino que también fueron desplegando capacidades que hicieron posible que personas identificadas con aspectos antagónicos de una misma realidad se comprometieran en el empeño de construir una realidad común a todas las partes.
Esta postura llevó a estas personas a reflexionar, formular interrogantes, preguntarse acerca de la variedad de opciones disponibles, profundizar en la comprensión de sí mismos, del otro y de la situación, reorganizar los vínculos personales y mejorar la acción conjunta.
Elaboraron, así, estrategias de acción que les fortalecieron para luchar contra acontecimientos adversos, contrariedades de todo tipo y para relacionarse con las experiencias de otras personas, especialmente con las de aquellas que tenían un punto de vista diferente al propio.
Su aspiración ideal no era la resolución del problema, sino el enriquecimiento y la búsqueda de entendimiento de las personas involucradas.
La lectura de todos estos relatos podría hacer volar nuestra imaginación y a la vez afianzar nuestros pies en la tierra.
Comprenderíamos que un árbol es sólo un árbol, pero que de su madera podemos hacer una canoa que nos permita navegar por los meandros de nuestras vidas y descubrir parajes que todavía desconocemos.
Que veamos simplemente un árbol o que imaginemos las múltiples posibilidades que éste encierra depende, en gran parte, de la confianza que tengamos en nuestra capacidad de transformar el mundo al que pertenecemos.
Quienes tratan el conflicto como problema se apoyan en una concepción instrumental de las relaciones, en las que individuos autónomos, con distintos intereses, establecen acuerdos que les permiten alcanzar total o parcialmente la satisfacción de sus deseos. Una vez realizado el pacto y conseguido el objetivo propuesto, las partes llegan al final del trayecto conjunto.
Esta concepción del individuo como sistema cerrado no explica el proceso de transformar y ser transformado por el otro como necesidades del desarrollo y el cambio.
La orientación que ve los conflictos como posibilidades abiertas al enriquecimiento mutuo se apoya en una concepción que sostiene que el individuo crece a través del intercambio continuo de influencias que tienen lugar en sus relaciones con otros individuos.
En esta orientación, no se trata de librarse de las otras personas, sino de participar con ellas en la construcción de novedades individuales y culturales. Supone que necesitamos y podemos reconocer a las partes como distintas y no obstante semejantes, como otros pares en la transformación del discurso y prácticas de la comunidad.
Un árbol no es sólo un árbol. Un conflicto no es sólo un problema a resolver, también es una ocasión para emprender un viaje por caminos que abordan la contradicción de maneras diversas, buscan compromisos, trabajan la diferencia, transforman, constriñen, celebran, construyen posibilidades nuevas.
El auge del asociacionismo se inscribe en la actual proliferación de ámbitos sociales que incitan a los individuos a agruparse para realizar actividades de diversa índole. Es una respuesta al individualismo. Las experiencias de las personas comprometidas en el asociacionismo constituyen un lugar privilegiado para el desarrollo de intereses individuales, para su crecimiento personal y para el enriquecimiento de su entorno social.
En estos procesos los individuos encuentran satisfacciones y también dificultades de orden relacional para cuya solución deben elaborar estrategias que les permitan alcanzar sus objetivos comunes. La planificación de acciones conjuntas requiere compartir las visiones que se tengan acerca de la situación conflictiva, del cambio posible y de la función de cada persona en la construcción de la solución deseada.
En pocas palabras, la resolución de conflictos facilita la adquisición de un mayor conocimiento de la propia intimidad y acrecienta el entendimiento con las otras personas. Y estos dos tipos de saberes facilitan la elaboración de estrategias de acción comprometidas con la libertad y el crecimiento individual y cultural.
1M. Moreno Marimón, G. Sastre, M. Bovet, A. Leal (1998)
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